vuelto de modo que nadie pudiera verlo más que yo. Su figura se había agrandado, sus
arrugas habían desaparecido, los ojos apagados habían recuperado su fuego, y allí,
sentado junto al brasero y sonriendo ante mi sorpresa, estaba ni más ni menos que
Sherlock Holmes. Me indicó con un ligero gesto que me aproximara y, al instante, en
cuanto volvió de nuevo su rostro hacia la concurrencia, se hundió una vez más en una
senilidad decrépita y babeante.
––¡Holmes! ––susurré––. ¿Qué demonios está usted haciendo en este antro?
––Hable lo más bajo que pueda ––respondió––. Tengo un oído excelente. Si tuviera
usted la inmensa amabilidad de librarse de ese degenerado amigo suyo, me alegraría
muchísimo tener una pequeña conversación con usted.
––Tengo un coche fuera.
––Entonces, por favor, mándelo a casa en él. Puede fiarse de él, porque parece
demasiado hecho polvo como para meterse en ningún lío. Le recomiendo también que,
por medio del cochero, le envíe una nota a su esposa diciéndole que ha unido su suerte a
la mía. Si me espera fuera, estaré con usted en cinco minutos.
Resultaba dificil negarse a las peticiones de Sherlock Holmes, porque siempre eran
extraordinariamente concretas y las exponía con un tono de lo más señorial. De todas
maneras, me parecía que una vez metido Whitney en el coche, mi misión había quedado
prácticamente cumplida; y, por otra parte, no podía desear nada mejor que acompañar a
mi amigo en una de aquellas insólitas aventuras que constituían su modo normal de vida.
Me bastaron unos minutos para escribir la nota, pagar la cuenta de Whitney, llevarlo
hasta el coche y verle partir a través de la noche. Muy poco después, una decrépita figura
salía del fumadero de opio yyo caminaba calle abajo en compañía de Sherlock Holmes.
Avanzó por un par de calles arrastrando los pies, con la espalda encorvada y el paso
inseguro; y de pronto, tras echar una rápida mirada a su alrededor, enderezó el cuerpo y
estalló en una alegre carcajada.
––Supongo, Watson ––dijo––, que está usted pensando que he añadido el fumar opio a
las inyecciones de cocaína y demás pequeñas debilidades sobre las que usted ha tenido la
bondad de emitir su opinión facultativa.
––Desde luego, me sorprendió encontrarlo allí.
––No más de lo que me sorprendió a mí verle a usted.
––Yo vine en busca de un amigo.
––Y yo, en busca de un enemigo.
––¿Un enemigo?
––Sí, uno de mis enemigos naturales o, si se me permite decirlo, de mis presas
naturales. En pocas palabras, Watson, estoy metido en una interesantísima investigación,
y tenía la esperanza de descubrir alguna pista entre las divagaciones incoherentes de estos
adictos, como me ha sucedido otras veces. Si me hubieran reconocido en aquel antro, mi
vida no habría valido ni la tarifa de una hora, porque ya lo he utilizado antes para mis
propios fines, y el bandido del dueño, un antiguo marinero de las Indias Orientales, ha
jurado vengarse de mí. Hay una trampilla en la parte trasera del edificio, cerca de la
esquina del muelle de San Pablo, que podría contar historias muy extrañas sobre lo que
pasa a través de ella las noches sin luna.
––¡Cómo! ¡No querrá usted decir cadáveres!
––Sí, Watson, cadáveres. Seríamos ricos si nos dieran mil libras por cada pobre diablo
que ha encontrado la muerte en ese antro. Es la trampa mortal más perversa de toda la
ribera del río, y me temo que Neville St. Clair ha entrado en ella para no volver a salir.
Pero nuestro coche debería estar aquí ––se metió los dos dedos índices en la boca y lanzó
un penetrante silbido, una señal que fue respondida por un silbido similar a lo lejos,
seguido inmediatamente por el traqueteo de unas ruedas y las pisadas de cascos de
caballo.
––Y ahora, Watson ––dijo Holmes, mientras un coche alto, de un caballo, salía de la
oscuridad arrojando dos chorros dorados de luz amarilla por sus faroles laterales––,
¿viene usted conmigo o no?