Upper Swandam Lane es una callejuela miserable, oculta detrás de los altos muelles que
se extienden en la orilla norte del río, al este del puente de Londres. Entre una tienda de
ropa usada y un establecimiento de ginebra encontré el antro que iba buscando, al que se
llegaba por una empinada escalera que descendía hasta un agujero negro como la boca de
una caverna. Ordené al cochero que aguardara y bajé los escalones, desgastados en el
centro por el paso incesante de pies de borrachos. A la luz vacilante de una lámpara de
aceite colocada encima de la puerta, encontré el picaporte y penetré en una habitación
larga y de techo bajo, con la atmósfera espesa y cargada del humo pardo del opio, y
equipada con una serie de literas de madera, como el castillo de proa de un barco de
emigrantes.
A través de la penumbra se podían distinguir a duras penas numerosos cuerpos,
tumbados en posturas extrañas y fantásticas, con los hombros encorvados, las rodillas
dobladas, las cabezas echadas hacia atrás y el mentón apuntando hacia arriba; de vez en
cuando, un ojo oscuro y sin brillo se fijaba en el recién llegado. Entre las sombras negras
brillaban circulitos de luz, encendiéndose y apagándose, según que el veneno ardiera o se
apagara en las cazoletas de las pipas metálicas. La mayoría permanecía tendida en
silencio, pero algunos murmuraban para sí mismos, y otros conversaban con voz extraña,
apagada y monótona; su conversación surgía en ráfagas y luego se desvanecía de pronto
en el silencio, mientras cada uno seguía mascullando sus propios pensamientos, sin
prestar atención a las palabras de su vecino. En el extremo más apartado había un
pequeño brasero de carbón, y a su lado un taburete de madera de tres patas, en el que se
sentaba un anciano alto y delgado, con la barbilla apoyada en los puños y los codos en las
rodillas, mirando fijamente el fuego.
Al verme entrar, un malayo de piel cetrina se me acercó rápidamente con una pipa y
una porción de droga, indicándome una litera libre.
––Gracias, no he venido a quedarme ––dije––. Hay aquí un amigo mío, el señor Isa
Whitney, y quiero hablar con él. Hubo un movimiento y una exclamación a mi derecha y,
atisbando entre las tinieblas, distinguí a Whitney, pálido, ojeroso y desaliñado, con la
mirada fija en mí.
––¡Dios mío! ¡Es Watson! ––exclamó. Se encontraba en un estado lamentable, con
todos sus nervios presa de temblores––. Oiga, Watson, ¿qué hora es?
––Casi las once.
––¿De qué día?
––Del viernes, diecinueve de junio.
––¡Cielo santo! ¡Creía que era miércoles! ¡Y es miércoles! ¿Qué se propone usted
asustando a un amigo? ––sepultó la cara entre los brazos y comenzó a sollozar en tono
muy agudo.
––Le digo que es viernes, hombre. Su esposa lleva dos días esperándole. ¡Debería estar
avergonzado de sí mismo!
––Y lo estoy. Pero usted se equivoca, Watson, sólo llevo aquí unas horas... tres pipas,
cuatro pipas... ya no sé cuántas. Pero iré a casa con usted. ¿Ha traído usted un coche?
––Sí, tengo uno esperando.
––Entonces iré en él. Pero seguramente debo algo. Averigüe cuánto debo, Watson. Me
encuentro incapaz. No puedo hacer nada por mí mismo.
Recorrí el estrecho pasadizo entre la doble hilera de durmientes, conteniendo la
respiración para no inhalar el humo infecto y estupefaciente de la droga, y busqué al
encargado. Al pasar al lado del hombre alto que se sentaba junto al brasero, sentí un
súbito tirón en los faldones de mi chaqueta y una voz muy baja susurró: «Siga adelante
yluego vuélvase a mirarme». Las palabras sonaron con absoluta claridad en mis oídos.
Miré hacia abajo. Sólo podía haberlas pronunciado el anciano que tenía a mi lado, y sin
embargo continuaba sentado tan absorto como an