Test Drive | Page 62

la oscuridad reinante, se salió del camino y cayó por el borde de uno de los pequeños embarcaderos para los barcos fluviales. El cuerpo no presenta señales de violencia, y parece fuera de dudas que el fallecido fue víctima de un desdichado accidente, que debería servir para llamar la atención de nuestras autoridades acerca del estado en que se encuentran los embarcaderos del río.» Permanecimos sentados en silencio durante unos minutos, y jamás había visto a Holmes tan alterado y deprimido como entonces. ––Esto hiere mi orgullo, Watson ––dijo por fin––. Ya sé que es un sentimiento mezquino, pero hiere mi orgullo. Esto se ha convertido en un asunto personal y, si Dios me da salud, le echaré el guante a esa cuadrilla. ¡Pensar que acudió a mí en busca de ayuda y que yo lo envié a la muerte! ––se levantó de un salto y empezó a dar zancadas por la habitación, presa de una agitación incontrolable, con sus enjutas mejillas cubiertas de rubor y sin dejar de abrir y cerrar nerviosamente sus largas y delgadas manos––. Tienen que ser astutos como demonios ––exclamó al fin–– ¿Cómo se las arreglaron para desviarle hasta allí? El embarcadero no está en el camino directo a la estación. No cabe duda de que el puente, a pesar de la noche que hacía, debía estar demasiado lleno de gente para sus propósitos. Bueno, Watson, ya veremos quién vence a la larga. ¡Voy a salir! ––¿A ver a la policía? ––No, yo seré mi propia policía. Cuando yo haya tendido mi red, podrán hacerse cargo de las moscas, pero no antes. Pasé todo el día dedicado a mis tareas profesionales, y no regresé a Baker Street hasta bien entrada la noche. Sherlock Holmes no había vuelto aún. Eran casi las diez cuando llegó, con aspecto pálido y agotado. Se acercó al aparador, arrancó un trozo de pan de la hogaza y lo devoró ávidamente, ayudándolo a pasar con un gran trago de agua. ––Viene usted hambriento ––comenté. ––Muerto de hambre. Se me olvidó comer. No había tomado nada desde el desayuno. ––¿Nada? ––Ni un bocado. No he tenido tiempo de pensar en ello. ––¿Y qué tal le ha ido? ––Bien. ––¿Tiene usted una pista? ––Los tengo en la palma de la mano. La muerte del joven Openshaw no quedará sin venganza. Escuche, Watson, vamos a marcarlos con su propia marca diabólica. ¿Qué le parece laidea? ––¿A qué se refiere? Tomó del aparador una naranja, la hizo pedazos y exprimió las semillas sobre la mesa. Cogió cinco de ellas y las metió en un sobre. En la parte interior de la solapa escribió «De S. H. a J. C.». Luego lo cerró y escribió la dirección: «Capitán Calhoun, Barco Lone Star, Savannah, Georgia». ––Le estará esperando cuando llegue a puerto ––dijo riendo por lo bajo––. Eso le quitará el sueño por la noche. Será un anuncio de lo que le espera, tan seguro como lo fue para Openshaw. ––¿Y quién es este capitán Calhoun? ––El jefe de la banda. Cogeré a los otros, pero primero él. ––¿Cómo lo ha localizado? Sacó de su bolsillo un gran pliego de papel, completamente cubierto de fechas y nombres. ––He pasado todo el día ––explicó–– en los registros de Lloyd's examinando periódicos atrasados, y siguiendo las andanzas de todos los barcos que atracaron en Pondicherry en enero y febrero del ochenta y tres. Había treinta y seis barcos de buen tonelaje que pasaron por allí durante esos meses. Uno de ellos, el Lone Star, me llamó inmediatamente la atención, porque, aunque figuraba como procedente de Londres, el nombre, «Estrella Solitaria», es el mismo que se aplica a uno de los estados de la Unión.