––Texas, creo.
––No sé muy bien cuál; pero estaba seguro de que el barco era de origen
norteamericano.
––Y después, ¿qué?
––Busqué en los registros de Dundee, y cuando comprobé que el Lone Star había
estado allí en enero del ochenta y cinco, mi sospecha se convirtió en certeza. Pregunté
entonces qué barcos estaban atracados ahora mismo en el puerto de Londres.
––¿Y...?
––El Lone Star había llegado la semana pasada. Me fui hasta el muelle Albert y
descubrí que había zarpado con la marea de esta mañana, rumbo a su puerto de origen,
Savannah. Telegrafié a Gravesend y me dijeron que había pasado por allí hacía un buen
rato. Como sopla viento del este, no me cabe duda de que ahora debe haber dejado atrás
los Goodwins y no andará lejos de la isla de Wight.
––¿Y qué va a hacer ahora?
––Oh, ya les tengo puesta la mano encima. Me he enterado de que él y los dos
contramaestres son los únicos norteamericanos que hay a bordo. Los demás son
finlandeses y alemanes.
También he sabido que los tres pasaron la noche fuera del barco. Me lo contó el
estibador que estuvo subiendo su cargamento. Para cuando el velero llegue a Savannah,
el vapor correo habrá llevado esta carta, y el telégrafo habrá informado a la policía de
Savannah de que esos tres caballeros son reclamados aquí para responder de una
acusación de asesinato.
Sin embargo, siempre existe una grieta hasta en el mejor trazado de los planes
humanos, y los asesinos de John Openshaw no recibirían nunca las semillas de naranja
que les habrían anunciado que otra persona, tan astuta y decidida como ellos, les iba
siguiendo la pista. Las tormentas equinocciales de aquel año fueron muy prolongadas y
violentas. Durante semanas, esperamos noticias del Lone Star de Savannah, pero no nos
llegó ninguna. Por fin nos enteramos de que en algún punto del Atlántico se había
avistado el codaste destrozado de una lancha, zarandeado por las olas, que llevaba
grabadas las letras «L. S.», y eso es todo lo más que llegaremos nunca a saber acerca del
destino final del Lone Star.