casa, y allí solía hacer ejercicio, aunque muchas veces no salía de su habitación en
semanas enteras. Bebía mucho brandy y fumaba sin parar, pero no se trataba con nadie y
no quería amigos; ni siquiera quería ver a su hermano.
»No le importaba verme a mí, y de hecho llegó a cogerme gusto, porque la primera vez
que me vio era un chaval de doce años. Esto debió ser hacia mil ochocientos setenta y
ocho, cuando ya llevaba ocho o nueve años en Inglaterra. Le pidió a mi padre que me
permitiera ir a vivir con él, y se portó muy bien conmigo, a su manera. Cuando estaba
sobrio, le gustaba jugar al backgammon y a las damas, y me nombró representante suyo
ante la servidumbre y los proveedores, de manera que para cuando cumplí dieciséis años
yo ya era el amo de la casa. Controlaba todas las llaves y podía ir donde quisiera y hacer
lo que me diera la gana, siempre que no invadiera su intimidad. Había, sin embargo, una
curiosa excepción, porque tenía un cuartito, una especie de trastero en el ático, que
siempre estaba cerrado y en el que no permitía que entrara yo ni ningún otro. Con la
curiosidad propia de los chicos, yo había mirado más de una vez por la cerradura, pero
nunca pude ver nada, aparte de la obligada colección de baúles y bultos viejos que es de
esperar en una habitación así.
»Un día... esto fue en marzo de mil ochocientos ochenta y tres... depositaron una carta
con sello extranjero sobre la mesa del 6