paraguas que sostenía en la mano y su largo y reluciente impermeable hablaban
bien a las claras de la furia temporal que había tenido que afrontar. Miró ansiosamente a
su alrededor a la luz de la lámpara, y pude observar su rostro pálido y sus ojos abatidos,
como los de quien se siente abrumado por una gran inquietud.
––Le debo una disculpa ––dijo, alzándose hasta los ojos sus gafas––. Espero no
interrumpir. Me temo que he traído algunos rastros de la tormenta y la lluvia a su
acogedora habitación.
––Déme su impermeable y su paraguas ––dijo Holmes––. Pueden quedarse aquí en el
perchero hasta que se sequen. Veo que viene usted del suroeste.
––Sí, de Horsham.
––Esa mezcla de arcilla y yeso que veo en sus punteras es de lo más característico.
––He venido en busca de consejo.
––Eso se consigue fácilmente.
––Y de ayuda.
––Eso no siempre es tan fácil.
––He oído hablar de usted, señor Holmes. El mayor Prendergast me contó cómo le
salvó usted en el escándalo del club Tankerville.
––¡Ah, sí! Se le acusó injustamente de hacer trampas con las cartas.
––Me dijo que usted es capaz de resolver cualquier problema.
––Eso es decir demasiado.
––Que jamás le han vencido.
––Me han vencido cuatro veces: tres hombres y una mujer.
––¿Pero qué es eso en comparación con el número de sus éxitos?
––Es cierto que por lo general he sido afortunado.
––Entonces, lo mismo puede suceder en mi caso.
––Le ruego que acerque su silla al fuego y me adelante algunos detalles del mismo.
––No se trata de un caso corriente.
––Ninguno de los que me llegan lo es. Soy como el último tribunal de apelación.
––Aun así, me permito dudar, señor, de que en todo el curso de su experiencia haya
oído una cadena de sucesos más misteriosa e inexplicable que la que se ha forjado en mi
familia.
––Me llena usted de interés ––dijo Holmes––. Le ruego que nos comunique para
empezarlos hechos principales y luego ya le preguntaré acerca de los detalles que me
parezcan más importantes.
El joven arrimó la silla y estiró los empapados pies hacia el fuego.
––Me llamo John Openshaw ––dijo––, pero por lo que yo puedo entender, mis propios
asuntos tienen poco que ver con este terrible enredo. Se trata de una cuestión hereditaria,
así que, para que se haga usted una idea de los hechos, tengo que remontarme al principio
de la historia.
»Debe usted saber que mi abuelo tuvo dos hijos: mi tío Elías y mi padre Joseph. Mi
padre tenía una pequeña industria en Coventry, que amplió cuando se inventó la bicicleta.
Patentó la llanta irrompible Openshaw, y su negocio tuvo tanto éxito que pudo venderlo y
retirarse con una posición francamente saneada.
»Mi tío Elías emigró a América siendo joven, y se estableció como plantador en
Florida, donde parece que le fue muy bien. Durante la guerra sirvió con las tropas de
Jackson, y más tarde con las de Hood, donde alcanzó el grado de coronel. Cuando Lee
depuso las armas, mi tío regresó a su plantación, donde permaneció tres o cuatro años.
Hacia mil ochocientos sesenta y nueve o mil ochocientos setenta, regresó a Europa y
adquirió una pequeña propiedad en Sussex, cerca de Horsham. Había amasado una
considerable fortuna en los Estados Unidos, y si se marchó de allí fue por su aversión a
los negros y su disgusto por la política republicana de concederles la emancipación y el
voto. Era un hombre muy particular, violento e irritable, muy malhablado cuando se
enfurecía, y de carácter muy reservado. Durante todos los años que vivió en Horsham, no
creo que jamás viniera a la ciudad. Tenía un huerto y dos o tres campos alrededor de su