habitación, con la puerta cerrada por dentro, pero a veces salía en una especie de frenesí
alcohólico, y se lanzaba fuera de la casa para recorrer el jardín con un revólver en la
mano, gritando que él no tenía miedo a nadie y que no se dejaría acorralar, como oveja en
el redil, ni por hombres ni por diablos, Sin embargo, cuando se le pasaban los ataques,
corría precipitadamente a la puerta, cerrándola y atrancándola, como quien ya no puede
hacer frente a un terror que surge de las raíces mismas de su alma. En tales ocasiones he
visto su rostro, incluso en días fríos, tan cubierto de sudor como si acabara de sacarlo del
agua.
»Pues bien, para acabar con esto, señor Holmes, y no abusar de su paciencia, llegó una
noche en la que hizo una de aquellas salidas de borracho y no regresó. Cuando salimos a
buscarlo, lo encontramos tendido boca abajo en un pequeño estanque cubierto de espuma
verde que hay al extremo del jardín. No presentaba señales de violencia, y el agua sólo
tenía dos palmos de profundidad, de manera que el jurado, teniendo en cuenta su fama de
excéntrico, emitió un veredicto de suicidio. Pero yo, que sabía cómo se rebelaba ante el
mero pensamiento de la muerte, tuve muchas dificultades para convencerme de que había
salido deliberadamente a buscarla. No obstante, el asunto quedó definitivamente zanjado,
y mi padre entró en posesión de la finca y de unas catorce mil libras que mi tío tenía en el
banco.
––Un momento ––le interrumpió Holmes––. Ya puedo anticipar que su declaración va a
ser una de las más notables que jamás he escuchado. Déjeme anotar la fecha en que su tío
recibió la carta y la fecha de su supuesto suicidio.
––La carta llegó el diez de marzo de mil ochocientos ochenta y tres. La muerte ocurrió
siete semanas después, la noche del dos de mayo.
––Gracias. Continúe, por favor.
––Cuando mi padre se hizo cargo de la finca de Horsham, por indicación mía, llevó a
cabo una minuciosa inspección del ático que siempre había permanecido cerrado.
Encontramos allí la caja de latón, aunque su contenido había sido destruido. En el interior
de la tapa había una etiqueta de papel, con las iniciales K. K. K., repetidas una vez más, y
las palabras «Cartas, informes, recibos y registro» escritas debajo. Suponemos que esto
indicaba la naturaleza de los papeles que había destruido el coronel Openshaw. Por lo
demás, no había en el ático nada de mayor importancia, aparte de muchísimos papeles
revueltos y cuadernos con anotaciones de la vida de mi tío en América. Algunos eran de
la época de la guerra, y demostraban que había cumplido bien con su deber, y que había
ganado fama de soldado valeroso. Otros llevaban fecha del período de reconstrucción de
los estados del sur, y trataban principalmente de política, resultando evidente que había
participado de manera destacada en la oposición a los políticos especuladores que hab ían
llegado del norte.
»Pues bien, a principios del ochenta y cuatro mi padre se trasladó a vivir a Horsham, y
todo fue muy bien hasta enero del ochenta y cinco. Cuatro días después de Año Nuevo, oí
a mi padre lanzar un fuerte grito de sorpresa cuando nos disponíamos a desayunar. Allí
estaba sentado, con un sobre recién abierto en una mano y cinco semillas de naranja secas
en la palma extendida de la otra. Siempre se había reído de lo que él llamaba mi
disparatada historia sobre el coronel, pero ahora que a él le sucedía lo mismo se le veía
muy asustado y desconcertado.
»––Caramba, ¿qué demonios quiere decir esto, John? ––tartamudeó.
»A mí se me había vuelto de plomo el corazón.
»––¡Es el K. K. K.! ––dije.
»Mi padre miró el interior del sobre.
»––¡Eso mismo! ––exclamó––. Aquí están las letras. Pero ¿qué es lo que hay escrito
encima?
»––«Deja los papeles en el reloj de sol» ––leí, mirando por encima de su hombro.
»––¿Qué papeles? ¿Qué reloj de sol?
»—El reloj de sol del jardín. No hay otro ––dije yo––. Pero los papeles deben ser los
que el tío destruyó.