no en la cárcel.
Holmes se levantó y se sentó a la mesa con la pluma en la mano y un legajo de papeles
delante.
––Limítese a contarnos la verdad ––dijo––. Yo tomaré nota de los hechos. Usted lo
firmará y Watson puede servir de testigo. Así podré, en último extremo, presentar su
confesión para salvar al joven McCarthy. Le prometo que no la utilizaré a menos que sea
absolutamente necesario.
––Perfectamente ––dijo el anciano––. Es muy dudoso que yo viva hasta el juicio, así
que me importa bien poco, pero quisiera evitarle a Alice ese golpe. Y ahora, le voy a
explicar todo el asunto. La acción abarca mucho tiempo, pero tardaré muy poco en
contarlo.
»Usted no conocía al muerto, a ese McCarthy. Era el diablo en forma humana. Se lo
aseguro. Que Dios le libre de caer en las garras de un hombre así. Me ha tenido en sus
manos durante estos veinte años, y ha arruinado mi vida. Pero primero le explicaré cómo
caí en su poder.
»A principios de los sesenta, yo estaba en las minas. Era entonces un muchacho
impulsivo y temerario, dispuesto a cualquier cosa; me enredé con malas compañías, me
aficioné a la bebida, no tuve suerte con mi mina, me eché al monte y, en una palabra, me
convertí en lo que aquí llaman un salteador de caminos. Éramos seis, y llevábamos una
vida de lo más salvaje, robando de vez en cuando algún rancho, o asaltando las carretas
que se dirigían a las excavaciones. Me hacía llamar Black Jack de Ballarat, y aún se
acuerdan en la colonia de nuestra cuadrilla, la Banda de Ballarat.
»Un día partió un cargamento de oro de Ballarat a Melbourne, y nosotros lo
emboscamos y lo asaltamos. Había seis soldados de escolta contra nosotros seis, de
manera que la cosa estaba igualada, pero a la primera descarga vaciamos cuatro
monturas. Aun así, tres de los nuestros murieron antes de que nos apoderáramos del
botín. Apunté con mi pistola a la cabeza del conductor del carro, que era el mismísimo
McCarthy. Ojalá le hubiese matado entonces, pero le perdoné aunque vi sus malvados
ojillos clavados en mi rostro, como si intentara retener todos mis rasgos. Nos largamos
con el oro, nos convertimos en hombres ricos, y nos vinimos a Inglaterra sin despertar
sospechas. Aquí me despedí de mis antiguos compañeros, decidido a establecerme y
llevar una vida tranquila y respetable. Compré esta finca, que casualmente estaba a la
venta, y me propuse hacer algún bien con mi dinero, para compensar el modo en que lo
había adquirido. Me casé, y aunque mi esposa murió joven, me dejó a mi querida Alice.
Aunque no era más que un bebé, su minúscula manita parecía guiarme por el buen
camino como no lo había hecho nadie. En una palabra, pasé una página de mi vida y me
esforcé por reparar el pasado. Todo iba bien, hasta que McCarthy me echó las zarpas
encima.
»Había ido a Londres para tratar de una inversión, y me lo encontré en Regent Street,
prácticamente sin nada que ponerse encima.
»––Aquí estamos, Jack ––me dijo, tocándome el brazo––. Vamos a ser como una
familia para ti. Somos dos, mi hijo y yo, y tendrás que ocuparte de nosotros. Si no lo
haces... bueno... Inglaterra es un gran país, respetuoso de la ley, y siempre hay un policía
al alcance de la voz.
»Así que se vinieron al oeste, sin que hubiera forma de quitármelos de encima, y aquí
han vivido desde entonces, en mis mejores tierras, sin pagar renta. Ya no hubo para mí
reposo, paz ni posibilidad de olvidar; allá donde me volviera, veía a mi lado su cara astuta
y sonriente. Y la cosa empeoró al crecer Alice, porque él en seguida se dio cuenta de que
yo tenía más miedo a que ella se enterara de mi pasado que de que lo supiera la policía.
Me pedía todo lo que se le antojaba, y yo se lo daba todo sin discutir: tierra, dinero, casas,
hasta que por fin me pidió algo que yo no le podía dar: me pidió a Alice.
»Resulta que su hijo se había hecho mayor, igual que mi hija, y como era bien sabido
que yo no andaba bien de salud, se le ocurrió la gran idea de que su hijo se quedara con
todas mis propiedades. Pero aquí me planté. No estaba dispuesto a que su maldita estirpe