se mezclara con la mía. No es que me disgustara el muchacho, pero llevaba la sangre de
su padre y con eso me bastaba. Me mantuve firme. McCarthy me amenazó. Yo le desafié
a que hiciera lo peor que se le ocurriera. Quedamos citados en el estanque, a mitad de
camino de nuestras dos casas, para hablar del asunto.
»Cuando llegué allí, lo encontré hablando con su hijo, de modo que encendí un cigarro
y esperé detrás de un árbol a que se quedara solo. Pero, según le oía hablar, iba saliendo a
flote todo el odio y el rencor que yo llevaba dentro. Estaba instando a su hijo a que se
casara con mi hija, con tan poca consideración por lo que ella pudiera opinar como si se
tratara de una buscona de la calle. Me volvía loco al pensar que yo y todo lo que yo más
quería estábamos en poder de un hombre semejante. ¿No había forma de romper las
ataduras? Me quedaba poco de vida y estaba desesperado. Aunque conservaba las
facultades mentales y la fuerza de mis miembros, sabía q ue mi destino estaba sellado.
Pero ¿qué recuerdo dejaría y qué sería de mi hija? Las dos cosas podían salvarse si
conseguía hacer callar aquella maldita lengua. Lo hice, señor Holmes, y volvería a
hacerlo. Aunque mis pecados han sido muy graves, he vivido un martirio para purgarlos.
Pero que mi hija cayera en las mismas redes que a mí me esclavizaron era más de lo que
podía soportar. No sentí más remordimientos al golpearlo que si se hubiera tratado de una
alimaña repugnante y venenosa. Sus gritos hicieron volver al hijo, pero yo ya me había
refugiado en el bosque, aunque tuve que regresar a por el capote que había dejado caer al
huir. Ésta es, caballeros, la verdad de todo lo que ocurrió.
––Bien, no me corresponde a mí juzgarle ––dijo Holmes, mientras el anciano firmaba la
declaración escrita que acababa de realizar––. Y ruego a Dios que nunca nos veamos expuestos
a semejante tentación.
––Espero que no, señor. ¿Y qué se propone usted hacer ahora?
––En vista de su estado de salud, nada. Usted mismo se da cuenta de que pronto tendrá
que responder de sus acciones ante un tribunal mucho más alto que el de lo penal.
Conservaré su confesión y, si McCarthy resulta condenado, me veré obligado a utilizarla.
De no ser así, jamás la verán ojos humanos; y su secreto, tanto si vive usted como si
muere, estará a salvo con nosotros.
––Adiós, pues ––dijo el anciano solemnemente––. Cuando les llegue la hora, su lecho
de muerte se les hará más llevadero al pensar en la paz que han aportado al mío ––y salió
de la habitación tambaleándose, con toda su gigantesca figura sacudida por temblores.
––¡Que Dios nos asista! ––exclamó Sherlock Holmes después de un largo silencio––.
¿Por qué el Destino les gasta tales jugarretas a los pobres gusanos indefensos? Siempre
que me encuentro con un caso así, no puedo evitar acordarme de las palabras de Baxter y
decir: «Allá va Sherlock Holmes, por la gracia de Dios».
James McCarthy resultó absuelto en el juicio, gracias a una serie de alegaciones que
Holmes preparó y sugirió al abogado defensor. El viejo Turner aún vivió siete meses después
de nuestra entrevista, pero ya falleció; y todo parece indicar que el hijo y la hija
vivirán felices y juntos, ignorantes del negro nubarrón que envuelve su pasado.