––Pero ¿lo de la cojera?
––La huella de su pie derecho estaba siempre menos marcada que la del izquierdo.
Cargaba menos peso sobre él. ¿Por qué? Porque renqueaba... era cojo.
––¿Y cómo sabe que es zurdo?
––A usted mismo le llamó la atención la índole de la herida, tal como la describió el
forense en la investigación. El golpe se asestó de cerca y por detrás, y sin embargo estaba
en el lado izquierdo. ¿Cómo puede explicarse esto, a menos que lo asestara un zurdo?
Había permanecido detrás del árbol durante la conversación entre el padre y el hijo. Hasta
se fumó un cigarro allí. Encontré la ceniza de un cigarro, que mis amplios conocimientos
sobre cenizas de tabaco me permitieron identificar como un cigarro indio. Como usted
sabe, he dedicado cierta atención al tema, y he escrito una pequeña monografía sobre las
cenizas de ciento cuarenta variedades diferentes de tabaco de pipa, cigarros y cigarrillos.
En cuanto encontré la ceniza, eché un vistazo por los alrededores y descubrí la colilla
entre el musgo, donde la habían tirado. Era un cigarro indio de los que se lían en
Rotterdam.
––¿Y la boquilla?
––Se notaba que el extremo no había estado en la boca. Por lo tanto, había usado
boquilla. La punta estaba cortada, no arrancada de un mordisco, pero el corte no era
limpio, de lo que deduje la existencia de una navaja mellada.
––Holmes ––dije––, ha tendido usted una red en torno a ese hombre, de la que no podrá
escapar, y ha salvado usted una vida inocente, tan seguro como si hubiera cortado la
cuerda que le ahorcaba. Ya veo en qué dirección apunta todo esto. El culpable es...
––¡El señor John Turner! ––exclamó el camarero del hotel, abriendo la puerta de
nuestra sala de estar y haciendo pasar a un visitante.
El hombre que entró presentaba una figura extraña e impresionante. Su paso lento y
renqueante y sus hombros cargados le daban aspecto de decrepitud, pero sus facciones
duras, marcadas y arrugadas, así como sus enormes miembros, indicaban que poseía una
extraordinaria energía de cuerpo y carácter. Su barba enmarañada, su cabellera gris y sus
cejas prominentes y lacias contribuían a dar a su apariencia un aire de dignidad y poderío,
pero su rostro era blanco ceniciento, y sus labios y las esquinas de los orificios nasales
presentaban un tono azulado. Con sólo mirarlo, pude darme cuenta de que era presa de
alguna enfermedad crónica y mortal.
––Por favor, siéntese en el sofá ––dijo Holmes educadamente––. ¿Recibió usted mi
nota?
––Sí, el guarda me la trajo. Decía usted que quería verme aquí para evitar el escándalo.
––Me pareció que si yo iba a su residencia podría dar que hablar.
––¿Y por qué quería usted verme? ––miró fijamente a mi compañero, con la
desesperación pintada en sus cansados ojos, como si su pregunta ya estuviera contestada.
––Sí, eso es ––dijo Holmes, respondiendo más a la mirada que a las palabras––. Sé todo
lo referente a McCarthy.
El anciano se hundió la cara entre las manos.
––¡Que Dios se apiade de mí! ––exclamó––. Pero yo no habría permitido que le
ocurriese ningún daño al muchacho. Le doy mi palabra de que habría confesado si las
cosas se le hubi eran puesto feas en el juicio.
––Me alegra oírle decir eso ––dijo Holmes muy serio.
––Ya habría confesado de no ser por mi hija. Esto le rompería el corazón... y se lo
romperá cuando se entere de que me han detenido.
––Puede que no se llegue a eso ––dijo Holmes.
––¿Cómo dice?
––Yo no soy un agente de la policía. Tengo entendido que fue su hija la que solicitó mi
presencia aquí, y actúo en nombre suyo. No obstante, el joven McCarthy debe quedar
libre.
––Soy un moribundo ––dijo el viejo Turner––. Hace años que padezco diabetes. Mi
médico dice que podría no durar ni un mes. Pero preferiría morir bajo mi propio techo, y