––Muy bien ––dijo Holmes, tranquilamente––. Ya le he dado su oportunidad. Aquí
están sus aposentos. Adiós. Le dejaré una nota antes de marcharme.
Tras dejar a Lestrade en sus habitaciones, regresamos a nuestro hotel, donde
encontramos la comida ya servida. Holmes estuvo callado y sumido en reflexiones, con
una expresión de pesar en el rostro, como quien se encuentra en una situación
desconcertante.
––Vamos a ver, Watson ––dijo cuando retiraron los platos––. Siéntese aquí, en esta
silla, y deje que le predique un poco. No sé qué hacer y agradecería sus consejos.
Encienda un cigarro y deje que me explique.
––Hágalo, por favor.
––Pues bien, al estudiar este caso hubo dos detalles de la declaración del joven
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