a su padre en el suelo. Y aquí tenemos las pisadas del padre cuando andaba de un lado a
otro. ¿Y esto qué es? Ah, la culata de la escopeta del hijo, que se apoyaba en ella
mientras escuchaba. ¡Ajá! ¿Qué tenemos aquí? ¡Pasos de puntillas, pasos de puntillas!
¡Y, además, de unas botas bastante raras, de puntera cuadrada!
Vienen, van, vuelven a venir... por supuesto, a recoger el abrigo. Ahora bien, ¿de dónde
venían?
Corrió de un lado a otro, perdiendo a veces la pista y volviéndola a encontrar, hasta que
nos adentramos bastante en el bosque y llegamos a la sombra de una enorme haya, el árbol
más grande de los alrededores. Holmes siguió la pista hasta detrás del árbol y se
volvió a tumbar boca abajo, con un gritito de satisfacción. Se quedó allí durante un buen
rato, levantando las hojas y las ramitas secas, recogiendo en un sobre algo que a mí me
pareció polvo y examinando con la lupa no sólo el suelo sino también la corteza del árbol
hasta donde pudo alcanzar. Tirada entre el musgo había una piedra de forma irregular,
que también examinó atentamente, guardándosela luego. A continuación siguió un
sendero que atravesaba el bosque hasta salir a la carretera, donde se perdían todas las
huellas.
––Ha sido un caso sumamente interesante ––comentó, volviendo a su forma de ser
habitual––. Imagino que esa casa gris de la derecha debe ser el pabellón del guarda. Creo
que voy a entrar a cambiar unas palabras con Moran, y tal vez escribir una notita. Una
vez hecho eso, podemos volver para comer. Ustedes pueden ir andando hasta el coche,
que yo me reuniré con ustedes en seguida.
Tardamos unos diez minutos en llegar hasta el coche y emprender el regreso a Ross.
Holmes seguía llevando la piedra que había recogido en el bosque.
––Puede que esto le interese, Lestrade ––comentó, enseñándosela––. Con esto se
cometió el asesinato.
––No veo ninguna señal.
––No las hay.
––Y entonces, ¿cómo lo sabe?
––Debajo de ella, la hierba estaba crecida. Sólo llevaba unos días tirada allí. No se veía
que hubiera sido arrancada de ningún sitio próximo. Su forma corresponde a las heridas.
No hay rastro de ninguna otra arma.
––¿Y el asesino?
––Es un hombre alto, zurdo, que cojea un poco de la pierna derecha, lleva botas de caza
con suela gruesa y un capote gris, fuma cigarros indios con boquilla y lleva una navaja
mellada en el bolsillo. Hay otros varios indicios, pero éstos deberían ser suficientes para
avanzar en nuestra investigación.
Lestrade se echó a reír.
––Me temo que continúo siendo escéptico ––dijo––. Las teorías están muy bien, pero
nosotros tendremos que vérnoslas con un tozudo jurado británico.
––Nous verrons ––respondió Holmes muy tranquilo––. Usted siga su método, que yo
seguiré el mío. Estaré ocupado esta tarde y probablemente regresaré a Londres en el tren
de la noche.
––¿Dejando el caso sin terminar?
––No, terminado.
––¿Pero el misterio...?
––Está resuelto.
––¿Quién es, pues, el asesino?
––El caballero que le he descrito.
––Pero ¿quién es?
––No creo que resulte tan difícil averiguarlo. Esta zona no es tan populosa.
Lestrade se encogió de hombros.
––Soy un hombre práctico ––dijo––, y la verdad es que no puedo ponerme a recorrer
los campos en busca de un caballero zurdo con una pata coja. Sería el hazmerreír de Scotland
Yard.