Test Drive | Página 45

––Creo que encontraré la manera de demostrar la inocencia de James McCarthy ––dijo Holmes––. ¿Tiene usted autorización para visitarlo en la cárcel? ––Sí, pero sólo para usted y para mí. ––En tal caso, reconsideraré mi decisión de no salir. ¿Tendremos todavía tiempo para tomar un tren a Hereford y verlo esta noche? ––De sobra. ––Entonces, en marcha. Watson, me temo que se va a aburrir, pero sólo estaré ausente un par de horas. Los acompañé andando hasta la estación, y luego vagabundeé por las calles.del pueblecito, acabando por regresar al hotel, donde me tumbé en el sofá y procuré interesarme en una novela policiaca. Pero la trama de la historia era tan endeble en comparación con el profundo misterio en el que estábamos sumidos, que mi atención se desviaba constantemente de la ficción a los hechos, y acabé por tirarla al otro extremo de la habitación y entregarme por completo a recapacitar sobre los acontecimientos del día. Suponiendo que la historia del desdichado joven fuera absolutamente cierta, ¿qué cosa diabólica, qué calamidad absolutamente imprevista y extraordinaria podía haber ocurrido entre el momento en que se separó de su padre y el instante en que, atraído por sus gritos, volvió corriendo al claro? Había sido algo terrible y mortal, pero ¿qué? ¿Podrían mis instintos médicos deducir algo de la índole de las heridas? Tiré de la campanilla y pedí que me trajeran el periódico semanal del condado, que contenía una crónica textual de la investigación. En la declaración del forense se afirmaba que el tercio posterior del parietal izquierdo y la mitad izquierda del occipital habían sido fracturados por un fuerte golpe asestado con un objeto romo. Señalé el lugar en mi propia cabeza. Evidentemente, aquel golpe tenía que haberse asestado por detrás. Hasta cierto punto, aquello favorecía al acusado, ya que cuando se le vio discutiendo con su padre ambos estaban frente a frente. Aun así, no significaba gran cosa, ya que el padre podía haberse vuelto de espaldas antes de recibir el golpe. De todas maneras, quizá valiera la pena llamar la atención de Holmes sobre el detalle. Luego teníamos la curiosa alusión del moribundo a una rata. ¿Qué podía significar aquello? No podía tratarse de un delirio. Un hombre que ha recibido un golpe mortal no suele delirar. No, lo más probable era que estuviera intentando explicar lo que le había ocurrido. Pero ¿qué podía querer decir? Me devané los sesos en busca de una posible explicación. Y luego estaba también el asunto de la prenda gris que había visto el joven McCarthy. De ser cierto aquello, el asesino debía haber perdido al huir alguna prenda de vestir, probablemente su gabán, y había tenido la sangre fría de volver a recuperarla en el mismo instante en que el hijo se arrodillaba, vuelto de espaldas, a menos de doce pasos. ¡Qué maraña de misterios e improbabilidades era todo el asunto! No me extrañaba la opinión de Lestrade, a pesar de lo cual tenía tanta fe en la perspicacia de Sherlock Holmes que no perdía las esperanzas, en vista de que todos los nuevos datos parecían reforzar su convencimiento de la inocencia del joven McCarthy. Era ya tarde cuando regresó Sherlock Holmes. Venía solo, ya que Lestrade se alojaba en el pueblo. ––El barómetro continúa muy alto ––comentó mientras se sentaba––. Es importante que no llueva hasta que hayamos podido examinar el lugar de los hechos. Por otra parte, para un trabajito como ése uno tiene que estar en plena forma y bien despierto, y no quiero hacerlo estando fatigado por un largo viaje. He visto al joven McCarthy. ––¿Y qué ha sacado de él? ––Nada. ––¿No pudo arrojar ninguna luz? ––Absolutamente ninguna. En algún momento me sentí inclinado a pensar que él sabía quién lo había hecho y estaba encubriéndolo o encubriéndola, pero ahora estoy convencido de que está tan a oscuras como todos los demás. No es un muchacho demasiado perspicaz, aunque sí bien parecido y yo diría que de corazón noble. ––No puedo admirar sus gustos ––comenté––, si es verdad eso de que se negaba a casarse con una joven tan encantadora como esta señorita Turner.