––Creo que encontraré la manera de demostrar la inocencia de James McCarthy ––dijo
Holmes––. ¿Tiene usted autorización para visitarlo en la cárcel?
––Sí, pero sólo para usted y para mí.
––En tal caso, reconsideraré mi decisión de no salir. ¿Tendremos todavía tiempo para
tomar un tren a Hereford y verlo esta noche?
––De sobra.
––Entonces, en marcha. Watson, me temo que se va a aburrir, pero sólo estaré ausente
un par de horas.
Los acompañé andando hasta la estación, y luego vagabundeé por las calles.del
pueblecito, acabando por regresar al hotel, donde me tumbé en el sofá y procuré
interesarme en una novela policiaca. Pero la trama de la historia era tan endeble en
comparación con el profundo misterio en el que estábamos sumidos, que mi atención se
desviaba constantemente de la ficción a los hechos, y acabé por tirarla al otro extremo de
la habitación y entregarme por completo a recapacitar sobre los acontecimientos del día.
Suponiendo que la historia del desdichado joven fuera absolutamente cierta, ¿qué cosa
diabólica, qué calamidad absolutamente imprevista y extraordinaria podía haber ocurrido
entre el momento en que se separó de su padre y el instante en que, atraído por sus gritos,
volvió corriendo al claro? Había sido algo terrible y mortal, pero ¿qué? ¿Podrían mis
instintos médicos deducir algo de la índole de las heridas? Tiré de la campanilla y pedí
que me trajeran el periódico semanal del condado, que contenía una crónica textual de la
investigación. En la declaración del forense se afirmaba que el tercio posterior del
parietal izquierdo y la mitad izquierda del occipital habían sido fracturados por un fuerte
golpe asestado con un objeto romo. Señalé el lugar en mi propia cabeza. Evidentemente,
aquel golpe tenía que haberse asestado por detrás. Hasta cierto punto, aquello favorecía al
acusado, ya que cuando se le vio discutiendo con su padre ambos estaban frente a frente.
Aun así, no significaba gran cosa, ya que el padre podía haberse vuelto de espaldas antes
de recibir el golpe. De todas maneras, quizá valiera la pena llamar la atención de Holmes
sobre el detalle. Luego teníamos la curiosa alusión del moribundo a una rata. ¿Qué podía
significar aquello? No podía tratarse de un delirio. Un hombre que ha recibido un golpe
mortal no suele delirar. No, lo más probable era que estuviera intentando explicar lo que
le había ocurrido. Pero ¿qué podía querer decir? Me devané los sesos en busca de una
posible explicación. Y luego estaba también el asunto de la prenda gris que había visto el
joven McCarthy. De ser cierto aquello, el asesino debía haber perdido al huir alguna
prenda de vestir, probablemente su gabán, y había tenido la sangre fría de volver a
recuperarla en el mismo instante en que el hijo se arrodillaba, vuelto de espaldas, a menos
de doce pasos. ¡Qué maraña de misterios e improbabilidades era todo el asunto! No me
extrañaba la opinión de Lestrade, a pesar de lo cual tenía tanta fe en la perspicacia de
Sherlock Holmes que no perdía las esperanzas, en vista de que todos los nuevos datos
parecían reforzar su convencimiento de la inocencia del joven McCarthy.
Era ya tarde cuando regresó Sherlock Holmes. Venía solo, ya que Lestrade se alojaba
en el pueblo.
––El barómetro continúa muy alto ––comentó mientras se sentaba––. Es importante que
no llueva hasta que hayamos podido examinar el lugar de los hechos. Por otra parte, para
un trabajito como ése uno tiene que estar en plena forma y bien despierto, y no quiero
hacerlo estando fatigado por un largo viaje. He visto al joven McCarthy.
––¿Y qué ha sacado de él?
––Nada.
––¿No pudo arrojar ninguna luz?
––Absolutamente ninguna. En algún momento me sentí inclinado a pensar que él sabía
quién lo había hecho y estaba encubriéndolo o encubriéndola, pero ahora estoy convencido
de que está tan a oscuras como todos los demás. No es un muchacho demasiado
perspicaz, aunque sí bien parecido y yo diría que de corazón noble.
––No puedo admirar sus gustos ––comenté––, si es verdad eso de que se negaba a
casarse con una joven tan encantadora como esta señorita Turner.