––Ah, en eso hay una historia bastante triste. El tipo la quiere con locura, con
desesperación, pero hace unos años, cuando no era más que un mozalbete, y antes de
conocerla bien a ella, porque la chica había pasado cinco años en un internado, ¿no va el
muy idiota y se deja atrapar por una camarera de Bristol, y se casa con ella en el juzgado?
Nadie sabe una palabra del asunto, pero puede usted imaginar lo enloquecedor que tenía
que ser para él que le recriminaran por no hacer algo que daría los ojos por poder hacer,
pero que sabe que es absolutamente imposible. Fue uno de esos arrebatos de locura lo que
le hizo levantar las manos cuando su padre, en su última conversación, le seguía insistiendo
en que le propusiera matrimonio a la señorita Turner. Por otra parte, carece de medios
económicos propios y su padre, que era en todos los aspectos un hombre muy duro, le
habría repudiado por completo si se hubiera enterado de la verdad. Con esta esposa
camarera es con la que pasó los últimos tres días en Bristol, sin que su padre supiera
dónde estaba. Acuérdese de este detalle. Es importante. Sin embargo, no hay mal que por
bien no veng a, ya que la camarera, al enterarse por los periódicos de que el chico se ha
metido en un grave aprieto y es posible que lo ahorquen, ha roto con él y le ha escrito
comunicándole que ya tiene un marido en los astilleros Bermudas, de modo que no existe
un verdadero vínculo entre ellos. Creo que esta noticia ha bastado para consolar al joven
McCarthy de todo lo que ha sufrido.
––Pero si él es inocente, entonces, ¿quién lo hizo?
––Eso: ¿Quién? Quiero llamar su atención muy concretamente hacia dos detalles. El
primero, que el hombre asesinado tenía una cita con alguien en el estanque, y que este alguien
no podía ser su hijo, porque el hijo estaba fuera y él no sabía cuándo iba a regresar.
El segundo, que a la víctima se le oyó gritar culi, aunque aún no sabía que su hijo había
regresado. Éstos son los puntos cruciales de los que depende el caso. Y ahora, si no le
importa, hablemos de George Meredith, y dejemos los detalles secundarios para mañana.
Tal como Holmes había previsto, no llovió, y el día amaneció despejado y sin nubes. A
las nueve en punto, Lestrade pasó a recogernos con el coche y nos dirigimos a la granja
Hatherley y al estanque de Boscombe.
––Hay malas noticias esta mañana ––comentó Lestrade––. Dicen que el señor Turner,
el propietario, está tan enfermo que no hay esperanzas de que viva.
––Supongo que será ya bastante mayor ––dijo Holmes.
––Unos sesenta años; pero la vida en las colonias le destrozó el organismo, y llevaba
bastante tiempo muy flojo de salud. Este suceso le ha afectado de muy mala manera. Era
viejo amigo de McCarthy, y podríamos añadir que su gran benefactor, pues me he
enterado de que no le cobraba renta por la granja Hatherley.
––¿De veras? Esto es interesante ––dijo Holmes.
––Pues, sí. Y le ha ayudado de otras cien maneras. Por aquí todo el mundo habla de lo
bien que se portaba con él.
––¡Vaya! ¿Y no le parece a usted un poco curioso que este McCarthy, que parece no
poseer casi nada y deber tantos favores a Turner, hable, a pesar de todo, de casar a su hijo
con la hija de Turner, presumible heredera de su fortuna, y, además, lo diga con tanta
seguridad como si bastara con proponerlo para que todo lo demás viniera por sí solo? Y
aún resulta más extraño sabiendo, como sabemos, que el propio Turner se oponía a la
idea. Nos lo dijo la hija. ¿No deduce usted nada de eso?
––Ya llegamos a las deducciones y las inferencias ––dijo Lestrade, guiñándome un ojo–
–. Holmes, ya me resulta bastante difícil bregar con los hechos, sin tener que volar
persiguiendo teorías y fantasías.
––Tiene usted razón ––dijo Holmes con fingida humildad––. Le resulta a usted muy
difícil bregar con los hechos.
––Pues al menos he captado un hecho que a usted parece costarle mucho aprehender ––
replicó Lestrade, algo acalorado.
––¿Y cuál es?
––Que el señor McCarthy, padre, halló la muerte a manos del señor McCarthy, hijo, y
que todas las teorías en contra no son más que puras pamplinas, cosa de lunáticos.