entreabiertos, un toque de rubor en sus mejillas, habiendo perdido toda noción de su
recato natural ante el ímpetu arrollador de su agitación y preocupación.
––¡Oh, señor Sherlock Holmes! ––exclamó, pasando la mirada de uno a otro, hasta que,
con rápida intuición femenina, la fijó en mi compañero––. Estoy muy contenta de que
haya venido. He venido a decírselo. Sé que James no lo hizo. Lo sé, y quiero que usted
empiece a trabajar sabiéndolo también. No deje que le asalten dudas al respecto. Nos
conocemos el uno al otro desde que éramos niños, y conozco sus defectos mejor que
nadie; pero tiene el corazón demasiado blando como para hacer daño ni a una mosca. La
acusación es absurda para cualquiera que lo conozca de verdad.
––Espero que podamos demostrar su inocencia, señorita Turner ––dijo Sherlock
Holmes––. Puede usted confiar en que haré todo lo que pueda.
––Pero usted ha leído las declaraciones. ¿Ha sacado alguna conclusión? ¿No ve alguna
salida, algún punto débil? ¿No cree usted que es inocente?
––Creo que es muy probable.
––¡Ya lo ve usted! ––exclamó ella, echando atrás la cabeza y mirando desafiante a
Lestrade––. ¡Ya lo oye! ¡Él me da esperanzas!
Lestrade se encogió de hombros.
––Me temo que mi colega se ha precipitado un poco al sacar conclusiones ––dijo.
––¡Pero tiene razón! ¡Sé que tiene razón! James no lo hizo. Y en cuanto a esa disputa
con su padre, estoy segura de que la razón de que no quisiera hablar de ella al juez fue
que discutieron acerca de mí.
––¿Y por qué motivo?
––No es momento de ocultar nada. James y su padre tenían muchas desavenencias por
mi causa. El señor McCarthy estaba muy interesado en que nos casáramos. James y yo
siempre nos hemos querido como hermanos, pero, claro, él es muy joven y aún ha visto
muy poco de la vida, y... y... bueno, naturalmente, todavía no estaba preparado para meterse
en algo así. De ahí que tuvieran discusiones, y ésta, estoy segura, fue una más.
––¿Y el padre de usted? ––preguntó Holmes––. ¿También era partidario de ese enlace?
––No, él también se oponía. El único que estaba a favor era McCarthy.
Un súbito rubor cubrió sus lozanas y juveniles facciones cuando Holmes le dirigió una
de sus penetrantes miradas inquisitivas.
––Gracias por esta información ––dijo––. ¿Podría ver a su padre si le visito mañana?
––Me temo que el médico no lo va a permitir.
––¿El médico?
––Sí, ¿no lo sabía usted? El pobre papá no andaba bien de salud desde hace años, pero
esto le ha acabado de hundir. Tiene que guardar cama, y el doctor Willows dice que está
hecho polvo y que tiene el sistema nervioso destrozado. El señor McCarthy era el único
que había conocido a papá en los viejos tiempos de Victoria.
––¡Ajá! ¡Así que en Victoria! Eso es importante.
––Sí, en las minas.
––Exacto; en las minas de oro, donde, según tengo entendido, hizo su fortuna el señor
Turner.
––Eso es.
––Gracias, señorita Turner. Ha sido usted una ayuda muy útil.
––Si mañana hay alguna novedad, no deje de comunicármela. Sin duda, irá usted a la
cárcel a ver a James. Oh, señor Holmes, si lo hace dígale que yo sé que es inocente.
––Así lo haré, señorita Turner.
––Ahora tengo que irme porque papá está muy mal y me echa de menos si lo dejo solo.
A diós, y que el Señor le ayude en su empresa.
Salió de la habitación tan impulsivamente como había entrado y oímos las ruedas de su
carruaje traqueteando calle abajo.
––Estoy avergonzado de usted, Holmes ––dijo Lestrade con gran dignidad, tras unos
momentos de silencio––. ¿Por qué despierta esperanzas que luego tendrá que defraudar?
No soy precisamente un sentimental, pero a eso lo llamo crueldad.