»––¿No puede precisar lo que era?
»––No, sólo me dio la sensación de que había algo allí.
»––¿A qué distancia del cuerpo?
»––A unas doce yardas.
»––¿Y a qué distancia del lindero del bosque?
»––Más o menos a la misma.
»––Entonces, si alguien se lo llevó, fue mientras usted se encontraba a unas doce yardas
de distancia.
»––Sí, pero vuelto de espaldas.
»Con esto concluyó el interrogatorio del testigo.»
––Por lo que veo ––dije echando un vistazo al resto de la columna––, el juez instructor
se ha mostrado bastante duro con el joven McCarthy en sus conclusiones. Llama la
atención, y con toda la razón, sobre la discrepancia de que el padre lanzara la llamada
antes de verlo, hacia su negativa a dar detalles de la conversación con el padre y sobre su
extraño relato de las últimas palabras del moribundo. Tal como él dice, todo eso apunta
contra el hijo.
Holmes se rió suavemente para sus adentros y se estiró sobre el mullido asiento.
––Tanto usted como el juez instructor se han esforzado a fondo ––dijo–– en destacar
precisamente los aspectos más favorables para el muchacho. ¿No se da usted cuenta de
que tan pronto le atribuyen demasiada imaginación como demasiado poca? Demasiado
poca, si no es capaz de inventarse un mo F