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aparte, estaba delicioso, y filetes de emperador cuyo gusto me pareció superior al del salmón. Pasé la velada leyendo, escribiendo y pensando. Luego, ganado por el sueño, me acosté y me dormí profundamente, mientras el Nautilus se deslizaba a través de la rápida co-rriente del río Negro. 15. Una carta de invitación Me desperté al día siguiente, 9 de noviembre, tras un largo sueño de doce horas. Según su costumbre, Conseil vino a enterarse de «cómo había pasado la noche el señor» y a ofrecerme sus servicios. Había dejado su amigo el canadiense durmiendo como un hombre que no hubiera hecho otra cosa en la vida. Le dejé charlar a su manera, sin apenas responderle. Me tenía preocupado la ausencia del capitán Nemo durante la víspera y esperaba poder verlo nuevamente ese día. Me puse el traje de biso, cuya naturaleza intrigaba a Con-seil. Le expliqué que nuestras ropas estaban hechas con los filamentos brillantes y sedosos que unen a las rocas a los pínnidos, moluscos bivalvos muy abundantes a orillas del Mediterráneo. Antiguamente se tejían con este biso bellas telas, guantes y medias, a la vez muy suaves y de mucho abri-go. La tripulación del Nautilus podía vestirse así económica-mente y sin tener que pedir nada ni a los algodoneros, ni a las ovejas ni a los gusanos de seda. Tras haberme lavado y vestido, me dirigí al gran salón, que se hallaba vacío, donde me consagré al estudio de los te-soros de conquiliología contenidos en las vitrinas, y de los herbarios que ofrecían a mi examen las más raras plantas marinas que, aunque disecadas, conservaban sus admira-bles colores. Entre tan preciosos hidrófitos llamaron mi atención los cladostefos verticilados, las padinaspavonias, las caulerpas de hojas de viña, los callithammion graníferos, las delicadas ceramias de color escarlata, las agáreas en for- ma de abanico, las acetabularias, semejantes a sombreritos de hongos muy deprimidos, que fueron durante largo tiem-po clasificados como zoófitos, y toda una serie de fucos. Transcurrió así todo el día, sin que el capitán Nemo me honrara con su visita. No se descubrieron los cristales de ob-servación, como si se quisiera evitar que nuestros sentidos se mellaran en la costumbre de tan bello espectáculo. La dirección del Nautilus se mantuvo al Este Nordeste; su velocidad, en doce millas, y su profundidad, entre cincuenta y sesenta metros.