Decididamente, entre los dos, Ned y Conseil, hubieran constituido un brillante naturalista.
No se había equivocado el canadiense. Un grupo de balis-tes, de cuerpo comprimido, de
piel granulada, armados de un aguijón en el dorso, evolucionaban en torno al Nautilus,
agitando las cuatro hileras de punzantes y erizadas espinas que llevan a ambos lados de la
cola. Nada más admirable que la pigmentación de su piel, gris por arriba y blanca por
de-bajo, con manchas doradas que centelleaban entre los oscu-ros remolinos del agua. Entre
ellos, se movían ondulante-mente las rayas, como banderas al viento. Con gran alegría por
mi parte, vi entre ellas esa raya china, amarillenta por arriba y rosácea por abajo, provista
de tres aguijones tras el ojo; una especie rara y de dudosa identificación en la época de
Lacepède, quien únicamente pu F