Test Drive | Seite 56

en los fondos marinos tantas veces recorridos, y usted será mi compañero de estudios. A partir de hoy entra usted en un nuevo elemento, verá usted lo que no ha visto aún hombre al-guno (pues yo y los míos ya no contamos), y nuestro planeta, gracias a mí, va a entregarle sus últimos secretos. No puedo negar que las palabras del comandante me cau-saron una gran impresión. Habían llegado a lo más vulnera-ble de mi persona, y así pude olvidar, por un instante, que la contemplación de esas cosas sublimes no podía valer la li-bertad perdida. Pero tan grave cuestión quedaba confiada al futuro, y me limité a responder: Señor, aunque haya roto usted con la humanidad, quiero creer que no ha renegado de todo sentimiento humano. So-mos náufragos, caritativamente recogidos a bordo de su barco, no lo olvidaremos. En cuanto a mí, me doy cuenta de que si el interés de la ciencia pudiera absorber hasta la nece-sidad de la libertad, lo que me promete nuestro encuentro me ofrecería grandes compensaciones. Pensaba yo que el comandante iba a tenderme la mano para sellar nuestro tratado, pero no lo hizo y lo sentí por él. Una última pregunta retirarse. dije en el momento en que ese ser inexplicable parecía querer Dígame, señor profesor. ¿Con qué nombre debo llamarle? Señor respondió el comandante , yo no soy para uste-des más que el capitán Nemo, y sus compañeros y usted no son para mí más que los pasajeros del Nautilus. El capitán Nemo llamó y apareció un steward. El capitán le dio unas órdenes en esa extraña lengua que yo no podía reconocer. Luego, volviéndose hacia el canadiense y Conseil, dijo: Les espera el almuerzo en su camarote. Tengan la amabi-lidad de seguir a este hombre. No es cosa de despreciar dijo el arponero, a la vez que salía, con Conseil, de la celda en la que permanecíamos des-de hacía más de treinta horas. Y ahora, señor Aronnax, nuestro almuerzo está dispues-to. Permítame que le guíe. A sus órdenes, capitán. Seguí al capitán Nemo, y nada más atravesar la puerta, nos adentramos por un estrecho corredor iluminado eléc-tricamente. Tras un recorrido de una decena de metros, se abrió una segunda puerta ante mí. Entré en un comedor, decorado y amueblado con un gus-to severo. En sus dos extremidades se elevaban altos apara-dores de roble con adornos incrustados de ébano, y sobre sus