anaqueles en formas onduladas brillaban cerámicas, porcelanas y cristalerías de un precio
inestimable. Una vaji-Ha lisa resplandecía en ellos bajo los rayos que emitía un te-cho
luminoso cuyo resplandor mitigaban y tamizaban unas pinturas de delicada factura y
ejecución.
En el centro de la sala había una mesa ricamente servida. El capitán Nemo me indicó el
lugar en que debía instalarme.
Siéntese, y coma como debe hacerlo un hombre que debe estar muriéndose de hambre.
El almuerzo se componía de un cierto número de platos, de cuyo contenido era el mar el
único proveedor. Había al-gunos cuya naturaleza y procedencia me eran totalmente
desconocidas. Confieso que estaban muy buenos, pero con un gusto particular al que me
acostumbré fácilmente. Me parecieron todos ricos en fósforo, lo que me hizo pensar que
debían tener un origen marino.
El capitán Nemo me miraba. No le pregunté nada, pero debió adivinar mis pensamientos,
pues respondió a las pre-guntas que deseaba ardientemente formularle.
La mayor parte de estos alimentos le son desco