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Preciso será, sin embargo, que les baste. ¡Cómo! ¿Deberemos renunciar para siempre a volver a ver nuestros países, nuestros amigos y nuestras familias? Sí, señor. Pero renunciar a recuperar ese insoportable yugo del mundo que los hombres creen ser la libertad, no es quizá tan penoso como usted puede creer. Jamás daré yo mi palabra intervino Ned Land Yo no le pido su palabra, señor Land de que no trataré de escaparme. respondió fría-mente el comandante. Señor dije, encolerizado a mi pesar , abusa usted de su situación. Esto se llama crueldad. No, señor, esto se llama clemencia. Son ustedes prisione-ros míos después de un combate. Les guardo conmigo, cuan-do podría, con una sola orden, arrojarles a los abismos del océano. Ustedes me han atacado. Han venido a sorprender un secreto que ningún hombre en el mundo debe conocer, el secreto de toda mi existencia. ¿Y creen ustedes que voy a reenviarles a ese mundo que debe ignorarme? ¡jamás! Al rete-nerles aquí no es a ustedes a quienes guardo, es a mí mismo. Esta declaración indicaba en el comandante una decisión contra la que no podría prevalecer ningún argumento. Así, pues, señor -dije , nos da usted simplemente a ele-gir entre la vida y la muerte, ¿no? Así es, simplemente. Amigos míos dije a mis compañeros , ante una cues-tión así planteada, no hay nada que decir. Pero ninguna pro-mesa nos liga al comandante de a bordo. Ninguna, señor -respondió el desconocido. Luego, con una voz más suave, añadió: Ahora, permítame acabar lo que quiero decirle. Yo le co-nozco, señor Aronnax. Si no sus compañeros, usted, al me-nos, no tendrá tantos motivos de lamentarse del azar que le ha ligado a mi suerte. Entre los libros que sirven a mis estu-dios favoritos hallará usted el que ha publicado sobre los grandes fondos marinos. Lo he leído a menudo. Ha llevado usted su obra tan lejos como le permitía la ciencia terrestre. Pero no sabe usted todo, no lo ha visto usted todo. Déjeme decirle, señor profesor, que no lamentará usted el tiempo que pase aquí a bordo. Va a viajar usted por el país de las maravi-llas. El asombro y la estupefacción serán su estado de ánimo habitual de aquí en adelante. No se cansará fácilmente del es-pectáculo incesantemente ofrecido a sus ojos. Voy a volver a ver, en una nueva vuelta al mundo submarino (que, ¿quién sabe?, quizá sea la última), todo lo que he podido estudiar