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cuenta de sus actos. Dios, si es que creía en Él; su conciencia, si la tenía, eran los únicosjueces de los que podía depender. Tales eran las rápidas reflexiones que había suscitado en mí el extraño personaje, quien callaba, como absorto y re-plegado en sí mismo. Yo le miraba con un espanto lleno de interés, tal y como Edipo debió observar a la esfinge. Tras un largo silencio, el comandante volvió a hablar. Así, pues, dudé mucho, pero al fin pensé que mi inte-rés podía conciliarse con esa piedad natural a la que todo ser humano tiene derecho. Permanecerán ustedes a bordo, puesto que la fatalidad les ha traído aquí. Serán ustedes li-bres, y a cambio de esa libertad, muy relativa por otra parte, yo no les impondré más que una sola condición. Su palabra de honor de someterse a ella me bastará. Diga usted, señor respondí , supongo que esa condi-ción es de las que un hombre honrado puede aceptar. Sí, señor, y es la siguiente: es posible que algunos aconte-cimientos imprevistos me obliguen a encerrarles en sus ca-marotes por algunas horas o algunos días, según los casos. Por ser mi deseo no utilizar nunca la violencia, espero de us-tedes en esos casos, más aún que en cualquier otro, una obe-diencia pasiva. Al actuar así, cubro su responsabilidad, les eximo totalmente, pues debo hacerles imposible ver lo que no debe ser visto. ¿Aceptan ustedes esta condición? Ocurrían allí, pues, cosas por lo menos singulares, que no debían ser vistas por gentes no situadas al margen de las leyes sociales. Entre las sorpresas que me reservaba el porve-nir no debía ser ésa una de las menores. Aceptamos respondí . Pero permítame hacerle una pregunta, una sola. Dígame. ¿Ha dicho usted que seremos libres a bordo? Totalmente. Quisiera preguntarle, pues, qué es lo que entiende usted por libertad. Pues la libertad de ir y venir, de ver, de observar todo lo que pasa aquí salvo en algunas circunstancias excepciona-les , la libertad, en una palabra, de que gozamos aquí mis companeros y yo. Era evidente que no nos entendíamos. -Perdón, señor –proseguí-, pero esa libertad no es otra que la que tiene todo prisionero de recorrer su celda, y no puede bastarnos.