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Muy en serio, en efecto -respondió el canadiense. Eso es imposible. ¿Por qué? Puede presentarse alguna oportunidad favo-rable, y no veo lo que podría impedirnos aprovecharla. Si no hay más de una veintena de hombres a bordo de esta máqui-na, no creo que hagan retroceder a dos franceses y a un ca-nadiense, digo yo. Más valía admitir la proposición del arponero que discu-tirla. Por ello me limité a responderle así: -Dejemos que las circunstancias manden, señor Land, y entonces veremos. Pero hasta entonces, se lo ruego, contenga su impaciencia. No podemos actuar más que con astucia, y no es con la pérdida del control de los nervios con lo que podrá usted originar circunstancias favorables. Prométame, pues, que aceptará usted la situación sin dejarse llevar de la ira. Se lo prometo, señor profesor respondió Ned Land, con un tono poco tranquilizador . Ni una palabra violenta saldrá de mi boca, ni un gesto brutal me traicionará, aunque el ser-vicio de la mesa no se cumpla con la regularidad deseable. Tengo su palabra, Ned. Cesamos la conversación, y cada uno de nosotros se puso a reflexionar por su cuenta. Confesaré que, por mi parte, y pese a la determinación del arponero, no me hacía ninguna ilusión. No creía yo en esas circunstancias favorables que ha bía invocado Ned Land. Tan segura manipulación del sub marino requería una numerosa tripulación y, consecuente mente, en el caso de una lucha, nuestras probabilidades de éxito serían ínfimas. Además, necesario era, ante todo, estar libres, y nosotros no lo estábamos. No veía ningún medio de salir de una celda de acero tan herméticamente cerrada. Y si como parecía probable, el extraño comandante de ese barco tenía un secreto que preservar, cabía abrigar pocas esperan zas de que nos dejara movernos libremente a bordo. La incógnita estribaba en saber si se libraría violentamente de nosotros o si nos lanzaría algún día a algún rincón de la tierra Todas estas hipótesis me parecían extremadamente plausi-bles, y había que ser un arponero para poder creer en la re-conquista de la libertad. Me di cuenta de que las ideas de Ned Land iban agriándose con las reflexiones a que se entregaba su celebro. Podía oír poco a poco el hervor de sus imprecaciones en el fondo de su garganta, y veía cómo sus gestos iban tornándose amenaza-dores. Andaba, daba vueltas como una fiera enjaulada y gol-peaba con pies y manos las paredes de la celda. Pasaba el tiempo mientras tanto y el hambre nos aguijoneaba cruel-mente, sin que nada nos anunciara la aparición del steward. Esto era ya olvidar demasiado nuestra situación de náu-fragos, si es que realmente se tenían buenas intenciones ha-cia nosotros.