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comprometida. En el caso contrario, el monstruo que nos ha tragado nos devolverá en la primera ocasión al mundo habitado por nuestros semejantes. A menos dijo Conseil que nos enrolen en su tripula-ción y nos guarden así con ellos. Hasta el momento replicó Ned Land- en que alguna fragata, más rápida o más afortunada que el Abraham Lin-coln, se apodere de este nido de bandidos y envíe a su tripu-lación, y a nosotros con ella, a respirar por última vez a la ex-tremidad de su verga mayor. -Buen razonamiento, Ned dije . Pero todavía no se nos ha hecho, que yo sepa, ninguna proposición. Inútil, pues, discutir el partido que debamos tomar hasta que sea necesa-rio. Se lo repito, esperemos; tomemos consejo de las circuns-tancias y abstengámonos de toda acción, puesto que no hay nada que hacer. Al contrario, señor profesor hay que hacer algo. respondió el arponero, que no quería darse por vencido , ¿Qué, señor Land? Escaparnos. Escaparse de una prisión «terrestre» es a menudo dificil, pero hacerlo de una prisión submarina, me parece absoluta-mente imposible. -¡Vamos, amigo Ned! -dijo Conseil , ¿qué va a responder ala objeción del señor? Yo no puedo creer que un americano se halle nunca a falta de recursos. El arponero, visiblemente turbado, se calló. Una huida, en las condiciones en que nos había puesto el azar, era absolutamente imposible. Pero un canadiense es un francés a medias, y Ned Land lo acreditó con su respuesta, tras unos momentos de vacilación y reflexión. Así que, señor Aronnax, ¿no adivina usted lo que deben hacer unos hombres que no pueden escaparse de su prisión? No, amigo mío. Pues es bien sencillo, es preciso que se las arreglen para permanecer en ella. ¡Diantre! exclamó Conseil , es cierto que más vale es-tar dentro que debajo o encima. Pero después de haber expulsado de ella a los carceleros y a los guardianes Land. ¿Cómo? Ned, ¿piensa usted en serio en apoderarse de este barco? añadío Ned