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El descubrimiento de la existencia del ser más fabuloso, del ser más mitológico, no habría podido sorprender tanto y entan alto grado a mi razón como el que acababa de hacer. Que lo prodigioso provenga del Creador, parece sencillo. Pero ha-llar de repente bajo los ojos lo imposible, misteriosa y huma-namente realizado, es algo que hace naufragar a la razón. Y no había vacilación posible. Nos hallábamos, efectiva-mente, tendidos sobre la superficie de una especie de barco submarino cuya forma, hasta donde podía juzgar por lo que de ella veía, era la de un enorme pez de acero. Ned Land te-nía ya formada su opinión al respecto, y Conseil y yo hubi-mos de compartirla con él. Pero, puesto que es así dije , este aparato contiene un mecanismo de locomoción y una tripulación para manio-brarlo. Evidentemente respondió el arponero , y sin embargo hace ya tres horas que habito esta isla flotante sin que su tri-pulación haya dado todavía señales de vida. ¿Ha permanecido inmóvil durante todo este tiempo? Así es, señor Aronnax. Se deja mecer por las olas, sin ningún otro movimiento. Sin embargo, nosotros sabemos, sin la menor duda, que está dotado de una gran velocidad. Ahora bien, para produ-cir esa velocidad hace falta una máquina y para hacer fun-cionar ésta un maquinista. De todo ello infiero que... ¡esta-mos salvados! ¡Hum! exclamó Ned Land, en tono de duda. En aquel mismo momento, y como corroboración de mi argumento, se oyó un ruido procedente de la extremidad posterior del extraño aparato, cuyo propulsor era evidente-mente una hélice, y se puso en movimiento. Apenas si tuvi-mos tiempo para aferrarnos a su parte superior que emergía de las aguas en unos ochenta centímetros. Afortunadamen-te, su velocidad no era excesiva. -Mientras navegue horizontalmente murmuró Ned Land nada tengo que objetar, pero como le dé por sumer-girse, no doy dos dólares por mi pellejo. Y aún hubiera podido dar menos. Se hacía, pues, urgente comunicar con los seres encerrados en el interior de la má-quina. Busqué en la superficie de la misma una abertura, una escotilla, un «agujero de hombre», por emplear la ex-presión técnica. Pero las líneas de tornillos, sólidamente fi-jados en las junturas de las planchas, eran continuas y uniformes. La luna desapareció en ese momento y nos sumió en una profunda oscuridad. Necesario era esperar la llegada del día para considerar los medios de penetración en el interior del barco submarino. Así, pues, nuestra salvación dependía únicamente del ca-pricho de los misteriosos tripulantes que dirigían el aparato. Si decidían sumergirse, estaríamos perdidos. Exceptuado este caso, no dudaba yo de la posibilidad de entrar en rela-ción con ellos. Pues, en efecto,