Test Drive | Seite 37

¿Llamaba el señor? dijo Conseil. A la débil luz de la luna que descendía por el horizonte vi una figura que no era la de Conseil y que reconocí en seguida. ¡Ned! exclamé. En persona, señor, el mismo, que va corriendo tras de la prima ganada canadiense. respondió el ¿También le precipitó al mar el choque de la fragata? Sí, señor profesor, pero más afortunado que usted, pude tomar pie casi inmediatamente sobre un islote flotante. ¿Un islote? O, por decirlo con más propiedad, sobre su narval gi-gantesco. Explíquese, Ned. Sólo que pronto pude comprender por qué mi arpón no le hirió y se melló en su piel. ¿Porqué, Ned, porqué? Porque esta bestia, señor profesor, está hecha de acero. Debo aquí hacer acopio de mis impresiones, revivificar mis recuerdos y controlar mis propias aserciones. Las últimas palabras del canadiense habían dado un vuel-co a mi cerebro. Rápidamente me icé hasta la cima del ser o del objeto semisumergido que nos servía de refugio y la gol-peé con el pie. Era evidentemente un cuerpo duro, impene-trable, y no la sustancia blanda que forma la masa de los grandes mamíferos marinos. Pero ese cuerpo duro podía ser un caparazón óseo semejante al de los animales antediluvia-nos, que me permitiría clasificar al monstruo entre los repti-les anfibios, tales como las tortugas y los aligátores. Pues bien, no. El lomo negruzco que me soportaba era liso, bruñido, sin imbricaciones. Respondía a los golpes con una sonoridad metálica, y, por increíble que fuera, parecía estar hecho, qué digo, estaba hecho con planchas atornilla-das. La duda ya no era posible. El animal, el monstruo, el fenó-meno natural que había intrigado al mundo científico de todo el orbe y excitado y extraviado la imaginación de los marinos de ambos hemisferios era, había que reconocerlo, un fenómeno aún más asombroso, un fenómeno creado por la mano del hombre.