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de no producir por sí mismos el aire, ne¿esario era que ascendiesen de vez en cuando a la superficie del océano para renovar su provisión de molécu-las respirables. De ahí la necesidad de que existiera una abertura que pusiera en comunicación el interior del barco con la atmósfera. Había que descartar ya completamente toda esperanza de ser salvados por el comandante Farragut, pues íbamos hacia el Oeste y a una velocidad que, aunque relativamente moderada, yo estimaba no inferior a unas doce millas por hora. La hélice batía el agua con una regularidad matemáti-ca, y a veces emergía lanzando una espuma fosforescente a gran altura. Hacia las cuatro de la mañana aumentó la velocidad. Nos era muy difícil resistir a tan vertiginosa marcha, sobre todo cuando las olas nos azotaban de plano. Afortunadamente, Ned halló una argolla fijada a la superficie del aparato, a la que pudimos asirnos con seguridad. Al fin acabó la espantosa noche, de la que mi memoria no ha podido conservar todas sus impresiones. Tan sólo un detalle quedó impreso en ella. Durante algunos momentos de calma del mar y del viento creí oír en varias ocasiones unos vagos sonidos, una especie de armonía fugaz producida por lejanos acordes. ¿Cuál era, pues, el misterio de esa navega-ción submarina cuya explicación buscaba en vano el mundo entero? ¿Qué seres vivían en ese extraño barco? ¿Qué agente mecánico le permitía desplazarse con tan prodigiosa veloci-dad? Se hizo de día. Las brumas matinales nos envolvían, pero no tardaron en desgarrarse. Me disponía a examinar atenta-mente la superficie del aparato, que en su parte superior pre-sentaba una especie de plataforma horizontal, cuando me di cuenta de que el barco iniciaba un movimiento de inmer-sión. ¡Eh! ¡Por todos los diablos! gritó Ned Land, al tiempo que golpeaba con el pie la plancha sonora . ¡Ábrannos, na-vegantes inhospitalarios! Pero era difícil hacerse oír en medio del ensordecedor zumbido de la hélice. Afortunadamente, cesó el movimiento de inmersión. De repente, se produjo en el interior del barco un ruido de herrajes, que precedió a la apertura de una plancha por la que apareció un hombre que profirió un extraño grito antes de desaparecer en seguida. Algunos instantes después, ocho hombres muy fornidos, con el rostro velado, aparecieron por la abertura y, silencio-samente, nos introdujeron en su formidable máquina.