Test Drive | Seite 32

Un viejo artillero de barba canosa me parece estar viéndolo ahora con una expresión fría y tranquila en su semblante se acercó a la pieza, la situó en posición y la apuntó durante largo tiempo. La fuerte detonación fue se-guida casi inmediatamente de los hurras de la tripulación. El obús había dado en el blanco, pero no normalmente, pues tras golpear al animal se había deslizado por su super-ficie redondeada y se había perdido en el mar a unas dos millas. ¡Ah!, ¡no es posible! exclamó, rabioso, el viejo artille-ro . ¡Ese maldito está blindado con planchas de seis pulga-das! ¡Maldición! exclamó el comandante Farragut. La persecución recomenzó, y el comandante Farragut, cerniéndose sobre mí, me dijo ¡Voy a perseguir a ese animal hasta que estalle mi fra-gata! Sí respondí , tiene usted razón. Podía esperarse que el animal se agotara, que no fuera in-diferente a la fatiga como una máquina de vapor. Pero no fue así. Transcurrieron horas y horas sin que diera ninguna se-ñal de fatiga. Hay que decir en honor del Abraham Lincoln que luchó con una infatigable tenacidad. No estimo en menos de qui-nientos kilómetros la distancia que recorrió nuestro barco durante aquella desventurada jornada del 6 de noviembre, hasta la llegada de la noche que sepultó en sus sombras las agitadas aguas del océano. En aquel momento creí llegado el fin de nuestra expedi-ción, al pensar que nunca más habríamos de ver al fantástico animal. Pero me equivocaba. A las diez horas y cincuenta minutos de la noche, reapare-ció la claridad eléctrica a unas tres millas a barlovento de la fragata, con la misma pureza e intensidad que en la noche anterior. El narval parecía inmóvil. ¿Tal vez, vencido por la fatiga, dormía, entregado a la ondulación de las olas? El co-mandante Farragut resolvió aprovechar la oportunidad que creyó ver en esa actitud del animal, y dio las órdenes en con-secuencia. El Abraham Lincoln se acercó a él despacio, pru-dentemente, para no sobresaltar a su adversario. No es raro encontrar en pleno océano a las ballenas sumi-das en un profundo sueño, ocasión que es aprovechada con éxito por sus cazadores. Ned Land había arponeado a más de una en tal circunstancia. El canadiense volvió a instalarse en los barbiquejos del bauprés. La fragata se acercó silenciosamente, paró sus máquinas a unos dos cables del animal y continuó avanzando por su fuerza de inercia. Todo el mundo a bordo contenía la respi-ración. El silencio más profundo reinaba sobre el puente. Estábamos ya tan sólo a unos cien pies del foco ardiente, cuyo resplandor aumentaba deslumbrantemente.