Se cargaron las válvulas, se reforzó la alimentación de car-bón y se activó el
funcionamiento de los ventiladores sobre el fuego. Aumentó la velocidad del Abraham
Lincoln hasta el punto de hacer temblar a los mástiles sobre sus carlingas. Las chimeneas
eran demasiado estrechas para dar salida a las espesas columnas de humo. Se echó
nuevamente la corre-dera.
¿Y bien, timonel?
preguntó el comandante Farragut.
Diecinueve millas y tres décimas, señor.
¡Forzad los fuegos!
El ingeniero obedeció. El manómetro marcó diez atmós-feras.
Pero el cetáceo acompasó nuevamente su velocidad a la del barco, a la de diecinueve millas
y tres décimas.
¡Qué persecución! No, imposible me es describir la emo-ción que hacía vibrar todo mi ser.
Ned Land se mantenía en su puesto, preparado para lan-zar su arpón.
En varias ocasiones, el animal se dejó aproximar.
¡Le ganamos terreno!
gritó el canadiense. ,
Pero en el momento en que s RF