¿Me aconseja todavía que eche mis botes al mar?
-No, señor
respondió Ned Land-, pues esa bestia no se dejará atrapar si no quiere.
¿Qué hacer entonces?
Forzar las máquinas si es posible. Si usted me lo permite, yo voy a instalarme en los
barbiquejos del bauprés y si con-seguimos acercarnos a tiro de arpón, lo arponearé.
De acuerdo, Ned, hágalo
aumente la presión!
respondió el comandante Fa-rragut-. ¡Ingeniero
gritó ,
Ned Land se dirigió a su puesto. Se forzaron las máquinas. La hélice comenzó a girar a
cuarenta y tres revoluciones por minuto. El vapor se escapaba por las válvulas. Lanzada la
co-rredera, se comprobó que el Abraham Líncoln había alcan-zado una velocidad de
dieciocho millas y cinco décimas por hora.
Pero el maldito animal corría también a dieciocho millas y cinco décimas por hora.
Durante una hora aún, la fragata se mantuvo a esa veloci-dad, sin conseguir ganarle una
toesa al animal, lo que era particularmente humillante para uno de los más rápidos na-víos
de la marina norteamericana. Una ira sorda embargó a la tripulación, que injuriaba al
monstruo, sin que éste se dig-nara responder. El comandante Farragut no se retorcía ya la
perilla, se la comía.
El ingeniero se vio convocado de nuevo.
¿Ha llegado usted al máximo de presión?
Sí, señor
le preguntó el comandante.
respondió el ingeniero.
¿Y están cargadas las válvulas?
A seis atmósferas y media.
Pues cárguelas a diez atmósferas.
Una orden bien norteamericana, ciertamente. No se hu-biera llegado más allá en el
Mississippi en las competiciones de velocidad a que se entregan los vapores fluviales.
Conseil dije a mi buen sirviente, que se hallaba a mi lado , ¿te das cuenta de que muy
probablemente vamos a saltar por los aires?
Como el señor guste
respondió Conseil.
Pues bien, debo confesar que, en mi excitación, no me im-portaba correr ese riesgo.