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No hay inconveniente, puesto que estamos inmóviles. El capitán Nemo salió. Pronto, los silbidos que se hicieron oír me indicaron que el agua se introducía en los depósitos. El Nautilus se hundió lentamente hasta que topó con el fon-do de hielo a una profundidad de trescientos cincuenta me-tros. Amigos míos energía. dije , la situación es grave, pero cuento con vuestro valor y vuestra El canadiense me respondió así: Señor, no es este el momento de abrumarle con recrimi-naciones. Estoy dispuesto a hacer lo que sea por la salvación común. Muy bien, Ned le dije, tendiéndole la mano. Y añadiré prosiguió que soy tan hábil manejando el pico como el arpón. Así que si puedo serle de utilidad al capitán estoy a su disposición. No rehusará su ayuda, Ned. Vamos. Conduje al canadiense al camarote en que los hombres de la tripulación estaban poniéndose las escafandras. Comuni-qué al capitán la proposición de Ned, que fue inmediata-mente aceptada. El canadiense se endosó su traje marino y pronto estuvo tan dispuesto como sus compañeros de traba-jo. Cada uno de ellos llevaba a la espalda el aparato Rouquayrol con la reserva de aire extraída de los depósitos. Ex-tracción considerable, pero necesaria. Las lámparas Ruhm-korff eran inútiles en medio de aquellas aguas luminosas y saturadas de rayos eléctricos. Cuando Ned estuvo vestido, regresé al salón, donde los cristales continuaban descubiertos y, junto a Conseil, exa-miné las capas de hielo que soportaban al Nautilus. Algunos instantes más tarde vimos una docena de hombres de la tri-pulación tomar pie en el banco de hielo, y entre ellos a Ned Land, reconocible por su alta estatura. El capitán Nemo es-taba con ellos. Antes de proceder a la perforación de las murallas, el ca-pitán hizo practicar sondeos para averiguar en qué sentido debía emprenderse el trabajo. Se hundieron largas sondas en las paredes laterales, pero a los quince metros de penetra-ción todavía las detenía la espesa muralla. Inútil era atacar la superficie superior, puesto que en ella topábamos con la banca misma que medía más de cuatrocientos metros de al-tura. El capitán Nemo procedió entonces a sondear la super-ficie inferior. Por ahí nos separaban del agua diez metros de hielo. Tal era el espesor del ice field. A partir de ese dato, se trataba de cortar un trozo igual en superficie a la línea de flo-tación del Nautilus. Había que arrancar, pues, unos seis mil quinientos metros cúbicos a fin de lograr una abertura por la que poder descender hasta situarnos por debajo del cam-po de hielo.