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No quise discutir inútilmente con el canadiense, y no res-pondí. Además, en aquel momento se corrieron los paneles y la luz exterior irrumpió en el salón a través de los cristales. Estábamos, como he dicho, en el agua libre, pero a cada lado del Nautilus, y a una distancia de unos diez metros se elevaba una deslumbrante muralla de hielo. La misma muralla por encima y por debajo. Por encima, porque la su-perficie inferior del banco se desarrollaba como un techo inmenso. Por debajo, porque el bloque volcado había encon-trado en las murallas laterales dos puntos de apoyo que lo mantenían en esa posición. El Nautilus estaba aprisionado en un verdadero túnel de hielo, de unos veinte metros de an-chura, lleno de agua tranquila. Le era, pues, fácil salir de él marchando hacia adelante o hacia atrás para hallar luego, al-gunos centenares de metros más abajo, un libre paso bajo la banca. Se había apagado el techo luminoso y sin embargo el sa-lón resplandecía con una luz intensa. Era debida a la pode-rosa reverberación con que las paredes de hielo reenviaban violentamente el haz luminoso del fanal. Era indescriptible el efecto de los rayos voltaicos sobre los grandes bloques ca-prichosamente recortados, en los que cada ángulo, cada arista, cada faceta despedía un resplandor diferente, según la naturaleza de las venas que corrían por el hielo. Era una mina deslumbrante de gemas, y particularmente de zafiros que cruzaban sus destellos azules con los verdes de las esme-raldas. Matices opalinos de una delicadeza infinita se insi-nuaban de vez en cuando entre puntos ardientes como otros tantos diamantes de fuego cuyo brillo centelleante no podía resistir la mirada. La po