Test Drive | Seite 259

comarcas antárticas halló James Ross los cráteres del Erebus y del Terror en plena actividad, en el meridiano 167 y a 770 32'de latitud. Extremadamente escasa era la vegetación de aquel deso-lado continente. Algunos líquenes de la especie Usnea mela-noxantha se extendían sobre las negras rocas. Algunas plan-tas microscópicas, diatomeas rudimentarias como alvéolos dispuestos entre dos conchas cuarzosas, y largos fucos pur-púreos y de color carmesí, soportados por pequeñas vejigas natatorias, arrojados a la costa por la resaca, componían la pobre flora de la región. Las orillas están sembradas de moluscos, de pequeños mejillones, de lapas, de berberechos lisos en forma de cora-zones, y particularmente de clíos de cuerpo oblongo y mem-branoso cuya cabeza está formada por dos lóbulos redon-deados. Vi también miríadas de esos clíos boreales de tres centímetros de longitud, de los que la ballena se traga un mundo a cada bocado. Estos encantadores pterópodos, ver-daderas mariposas de mar, animaban las aguas libres en el borde de las orillas. Entre otros zoófitos aparecían en los altos fondos algunas arborescencias coralígenas de esas que, según James Ross, viven en los mares antárticos hasta mil metros de profundidad; pequeños alciones pertenecientes a la especie Procella-ria pelagica, así como un gran número de asterias particula-res a estos climas y estrellas de mar que constelaban el suelo. Pero donde la vida se manifestaba en sobreabundancia era en el aire. Allí volaban y revoloteaban por millares pája-ros de variadas especies que nos ensordecían con sus gritos. Otros, que pululaban por las rocas, nos veían pasar sin nin-gún temor y nos seguían con familiaridad. Eran pingüinos, tan ágiles y vivaces en el agua, donde a veces se les ha con-fundido con rápidos bonitos, como torpes y pesados son en tierra. Exhalaban gritos barrocos y formaban asambleas nu-merosas, sobrias de gestos pero pródigas en clamores. Entre las aves, vi unos quionis, de la familia de las zancu-das, gruesos como palomas, de color blanco, con el pico cor-to y cónico, y los ojos enmarcados en un círculo rojo. Con-seil hizo una buena provisión de ellos, pues estos volátiles, convenientemente preparados, constituyen un plato agrada-ble. Por el aire pasaban albatros fuliginosos de una enverga-dura de cuatro metros, justamente llamados los buitres del océano; petreles gigantescos, entre ellos los quebrantahue-sos, de alas arqueadas, que son grandes devoradores de fo-cas; los petreles del Cabo, una especie de patos pequeños con la parte superior de su cuerpo matizada de blanco y iiegro; en fin, toda una serie de petreles, unos azules, pro-pios de los mares antárticos, y otros blancuzcos y con los bordes de las alas de color oscuro y tan aceitosos, dije a Con-seil, que «los habitantes de las islas Feroë se limitan a poner- es una mecha antes de encenderlos». Un poco más respondió Conseil y serían lámparas perfectas. Pero no puede exigirse a la Naturaleza que, enci-na, les provea de una mecha. Habíamos recorrido ya media milla, cuando el suelo se mostró acribillado de nidos de mancos, como madrigueras excavadas para la puesta de los huevos y de las que escapaban numerosos pájaros. El capitán Nemo haría cazar más tarde algunos centenares, pues su carne negra es comestible. Lanzaban gritos muy similares al rebuzno del asno. Estos