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animales, del tamaño de una oca, con el cuerpo pizarroso por arriba, blanco por debajo y con una cinta de color limón a modo de corbata, se dejaban matar a pedradas sin intentar la huida. Continuaba sin disiparse la bruma. A las once, no había aparecido todavía el sol. No dejaba de inquietarme su ausen-cia. Sin el sol, no había observación posible. ¿Cómo íbamos a poder determinar así si habíamos alcanzado el Polo? Busqué al capitán Nemo y le hallé apoyado en una roca, silencioso y mirando el cielo. Parecía impaciente y contra-riado. Pero ¿qué podía hacerse? El sol no obedecía como el mar a aquel hombre audaz y poderoso. Llegó el mediodía sin que el sol se hubiese mostrado ni un instante. Ni tan siquiera era posible reconocer el lugar que ocupaba tras la cortina de bruma. Y al poco tiempo la bru-ma se resolvió en nieve. Habrá que intentarlo mañana me dijo simplemente el capitán. Regresamos al Nautilus, envueltos en los torbellinos de la atmósfera. Durante nuestra ausencia, se habían echado las redes. Observé con interés los peces que acababan de subir a bor-do. Los mares antárticos sirven de refugio a un gran número de peces migratorios que huyen de las tempestades de las zo-nas menos elevadas para caer, cierto es, en las fauces de las marsopas y de las focas. Anoté algunos cótidos australes, de un decímetro de longitud, cartilaginosos y blancuzcos, atra-vesados por bandas lívidas y armados de aguijones; quime-ras antárticas, de tres pies de longitud, con el cuerpo muy alargado, la piel blanca, plateada y lisa, la cabeza redonda, el dorso provist