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Sí. Este condenado capitán tuvo que detenerse precisa-mente a la hora en que íbamos a fugarnos. Sí, Ned. Estuvo tratando un negocio con su banquero. ¿Su banquero? O más bien su casa de banca; quiero decir que su ban-quero es este océano que guarda sus riquezas con más segu-ridad que las cajas de un Estado. Relaté entonces al canadiense los hechos de la víspera, y lo hice con la secreta esperanza de disuadirle de su idea de aban-donar al capitán. Pero mi relato no tuvo otro resultado que el de llevarle a lamentar enérgicamente no haber podido hacer por su cuenta un paseo por el campo de batalla de Vigo. ¡En fin! suspiró . No todo está perdido. No es más que un golpe de arpón en el vacío. Lo lograremos en otra oca-sión, tal vez esta misma noche si es posible. ¿Cuál es la dirección del Nautilus? Lo ignoro le pregunté. respondió Ned. Bien, a mediodía lo sabremos. El canadiense volvió junto a Conseil. Por mi parte, una vez vestido, fui al salón. El compás no era muy tranquiliza-dor. El Nautilus navegaba con rumbo Sur sudoeste. Nos ale-jábamos de Europa. Esperé con impaciencia que se registrara la posición en la carta de marear. Hacia las once y media se vaciaron los de-pósitos y nuestro aparato emergió a la superficie. Me lancé hacia la plataforma, en la que me había precedido Ned Land. Ninguna tierra a la vista. Nada más que el mar inmenso. Algunas velas en el horizonte, de los barcos que van a buscar hasta el cabo San Roque los vientos favorables para doblar el cabo de Buena Esperanza. El cielo estaba cubierto, y se anunciaba un ventarrón. Rabioso, Ned Land trataba de horadar con su mirada el horizonte brumoso, en la esperanza de que tras la niebla se extendiera la tierra deseada. A mediodía, el sol se asomó un instante. El segundo de a bordo aprovechó el claro para tomar la altitud. El oleaje nos obligó a descender, y se cerró la escotilla. Una hora después, al consultar el mapa vi que la posición del Nautilus se hallaba indicada en él a 160 17' de longitud y 330 22' de latitud, a ciento cincuenta leguas de la costa más cercana. Inútil era pensar en la fuga, y puede imaginarse la cólera del canadiense cuando le notifiqué nuestra situación.