En cuanto a mí, no me sentí muy desconsolado, sino, an-tes bien, aliviado del peso que me
oprimía. Así pude reanu-dar, con una calma relativa, mi trabajo habitual.
Por la noche, hacia las once, recibí la inesperada visita del capitán Nemo, quien me
preguntó muy atentamente si me sentía fatigado por la velada de la noche anterior, a lo que
le respondí negativamente.
Si es así, señor Aronnax, voy a proponerle una curiosa excursión.
Le escucho, capitán.
Hasta ahora no ha visitado usted los fondos submarinos más que de día y bajo la claridad
del sol. ¿Le gustaría verlos en una noche oscura?
Naturalmente, capitán.
El paseo será duro, se lo advierto. Habrá que caminar durante largo tiempo y escalar una
montaña. Los caminos no están en muy buen estado.
Lo que me dice, capitán, redobla mi curiosidad. Estoy dispuesto a seguirle.
Venga entonces conmigo a ponerse la escafandra.
Llegado al vestuario, vi que ni mis compañeros ni ningún hombre de la tripulación debía
seguirnos en esa excursión. El capitán Nemo no me había propuesto llevar con nosotros a
Ned y a Conseil.
En algunos instantes nos hallamos equipados, con los de-pósitos de aire a nuestras espaldas,
pero sin lámparas eléc-tricas. Se lo hice observar al capitán, pero éste respondió:
Nos serían inútiles.
Creí haber oído mal, pero no pude insistir pues la cabeza del capitán había desaparecido ya
en su envoltura metálica. Acabé de vestirme, y no