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-¿Cuál? Una sociedad que ha obtenido del gobierno español el privilegio de buscar los galeones sumergidos. Los accionis-tas están excitados por el cebo de un enorme beneficio, pues se evalúa en quinientos millones el valor de esas riquezas naufragadas. Quinientos millones... Los había, pero ya no. En efecto dije . Y sería un acto de caridad prevenir a esos accionistas. Quién sabe, sin embargo, si el aviso sería bien recibido, pues a menudo lo que los jugadores lamentan por encima de todo es menos la pérdida de su dinero que la de sus locas esperanzas. Les compadezco menos, después de todo, que a esos millares de desgraciados a quienes hubieran podido aprovechar tantas riquezas bien repartidas, y que ya serán siempre estériles para ellos. No había terminado yo de expresar esto cuando sentí que había herido al capitán Nemo. ¡Estériles! respondió, con gran viveza . ¿Cree usted, pues, que estas riquezas están perdidas por ser yo quien las recoja? ¿Acaso cree que es para mí por lo que me tomo el tra-bajo de recoger estos tesoros? ¿Quién le ha dicho que no haga yo buen uso de ellos? ¿Cree usted que yo ignoro que existen seres que sufren, razas oprimidas, miserables por ali-viar, víctimas por vengar? ¿No comprende que ... ? El capitán Nemo se contuvo, lamentando tal vez haber ha-blado demasiado. Pero yo había comprendido. Cualesquie-ra que fuesen los motivos que le habían forzado a buscar la independencia bajo los mares, seguía siendo ante todo un hombre. Su corazón palpitaba aún con los sufrimientos de la humanidad y su inmensa caridad se volcaba tanto sobre las razas esclavizadas como sobre los individuos. Fue entonces cuando comprendí a quién estaban destina-dos los millones entregados por el capitán Nemo, cuando el Nautilus navegaba por las aguas de la Creta insurrecta. 9. Un continente desaparecido Al día siguiente, 19 de febrero, por la mañana, vi entrar al canadiense en mi camarote. Esperaba yo su visita. Estaba vi-siblemente disgustado. ¿Y bien, señor? me dijo. Y bien, Ned, el azar se puso ayer contra nosotros.