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su descarga, permaneciera embargado en la rada de Vigo hasta que se hubieran alejado las flotas enemigas. Pero, mientras se tomaba esa decisión, la flota inglesa hacía su aparición en la bahía de Vigo el 22 de octubre de 1702. Pese a su inferioridad material, el almirante de Cháteau Renault se batió valientemente. Pero cuando vio que las riquezas del convoy iban a caer entre las manos del enemigo, incendió y hundió los galeones, que se sumergieron con sus inmensos tesoros. El capitán Nemo pareció haber concluido su relato que, lo confieso, no veía yo en qué podía interesarme. ¿Y bien? le pregunté. Pues bien, señor Aronnax, estamos en la bahía de Vigo, y sólo de usted depende que pueda conocer sus secretos. El capitán se levantó y me rogó que le siguiera. Le obede-cí, ya recuperada mi sangre fría. El salón estaba oscuro, pero a través de los cristales transparentes refulgía el mar. Miré. En un radio de media milla en torno al Nautilus las aguas estaban impregnadas de luz eléctrica. Se veía neta, clara-mente el fondo arenoso. Hombres de la tripulación equipa-dos con escafandras se ocupaban de inspeccionar toneles medio podridos, cofres desventrados en medio de restos en-negrecidos. De las cajas y de los barriles se escapaban lingo-tes de oro y plata, cascadas de piastras y de joyas. El fondo estaba sembrado de esos tesoros. Cargados del precioso bo-tín, los hombres regresaban al Nautilus, depositaban en él su carga y volvían a emprender aquella inagotable pesca de oro y de plata. Comprendí entonces que nos hallábamos en el escenario de la batalla del 22 de octubre de 1702 y que aquél era el lu-gar en que se habían hundido los galeones fletados por el go-bierno español. Allí era donde el capitán Nemo subvenía a sus necesidades y lastraba con aquellos millones al Nautilus. Para él, para él sólo había entregado América sus metales preciosos. Él era el heredero directo y único de aquellos te-soros arrancados a los incas y a los vencidos por Hernán Cortés. ¿Podía usted imaginar, señor profesor, que el mar con-tuviera tantas riquezas? preguntó, sonriente, el capitán Nemo. Sabía que se evalúa en dos millones de toneladas la plata que contienen las aguas en suspensión. Cierto, pero su extracción arrojaría un coste superior a de su precio. Aquí, al contrario, no tengo más que recoger lo que han perdido los hombres, y no sólo en esta bahía de Vigo sino también en los múltiples escenarios de naufragios registrados en mis mapas de los fondos submarinos. ¿Com-prende ahora por qué puedo disponer de miles de millones? Sí, ahora lo comprendo, capitán. Permítame, sin embar-go, decirle que al explotar precisamente esta bahía de Vigo no ha hecho usted más que anticiparse a los trabajos de una sociedad rival.