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estare-mos en tierra firme, o habremos muerto. Así, pues, a la gra-cia de Dios y hasta esta noche. El canadiense se retiró, dejándome aturdido. Yo había pensado que cuando llegara el momento tendría tiempo de reflexionar y de discutir. Pero mi obstinado compañero no me lo permitía. Después de todo, ¿qué hubiera podido de-cirle? Ned Land tenía sobrada razón de querer aprovechar la oportunidad. ¿Podía yo faltar a mi palabra y asumir la responsabilidad de comprometer el porvenir de mis com-pañeros por mi interés personal? ¿No era acaso muy proba-ble que el capitán Nemo nos llevara al día siguiente lejos de toda tierra? Un fuerte silbido me anunció en aquel momento que se estaban llenando los depósitos y que el Nautilus se sumergía. Permanecí en mi camarote. Deseaba evitar al capitán para ocultar a sus ojos la emoción que me embargaba. Triste jornada la que así pasé, entre el deseo de recuperar la pose-sión de mi libre arbitrio y el pesar de abandonar ese maravi-lloso Nautilus y de dejar inacabados mis estudios submari-nos. ¡Dejar así ese océano, «mi Atlántico», como yo me complacía en llamarle, sin haber observado sus fondos, sin robarle esos secretos que me habían revelado los mares de la India y del Pacífico! Mi novela caía de mis manos en el pri-mer volumen, mi sueño se interrumpía en el mejor momen-to. ¡Qué difíciles fueron las horas que pasé así, ya viéndome sano y salvo, en tierra, con mis compañeros, ya deseando, contra toda razón, que alguna circunstancia imprevista im-pidiera la realización de los proyectos de Ned Land! Por dos veces fui al salón para consultar el compás. Que-ría ver si la dirección del Nautilus nos acercaba a la costa o nos alejaba de ella. Seguíamos en aguas portuguesas, rumbo al Norte. Había que decidirse y disponerse a partir. Bien ligero era mi equipaje. Mis notas, únicamente. Me preguntaba yo qué pensaría el capitán Nemo de nues-tra evasión, qué inquietudes y qué perjuicios le causaría tal vez, así como lo que haría en el doble caso de que resultara descubierta o fallida. No podía yo quejarme de él, muy al contrario. ¿Dónde hubiera podido hallar una hospitalidad más franca que la suya? Cierto es que al abandonarle no po-día acusárseme de ingratitud. Ningún juramento nos ligaba a él. No era con nuestra palabra con lo que él contaba para tenernos siempre junto a sí, sino con la fuerza de las cosas. Pero esa declarada pretensión de retenernos a bordo eter-namente, como prisioneros, justificaba todas nuestras ten-tativas. No había vuelto a ver al capitán desde nuestra visita a la isla de Santorin. ¿Me pondría el azar en su presencia antes de nuestra partida? Lo deseaba y lo temía a la vez. Me puse a la escucha de todo ruido procedente de su camarote, contiguo al mío, pero no oí nada. Su camarote debía estar vacío.