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Me dirigí a mi camarote y Conseil al suyo, pero el cana-diense, que parecía estar muy preocupado, me siguió. Nues-tra rápida travesía del Mediterráneo no le había permitido dar ejecución a sus proyectos de evasión y no se molestaba en disimular su enojo. Tras cerrar la puerta de mi camarote, se sentó y me miró en silencio. Le comprendo, amigo mío, pero no tiene nada que re-procharse. Tratar de abandonar el Nautilus, en las condicio-nes en que navegaba, hubiera sido una locura. No me respondió Ned Land. Sus labios apretados y su ceño fruncido indicaban en él la coercitiva obsesión de la idea fija. Veamos, Ned, nada está aún perdido. Estamos cerca de las costas de Portugal. No están muy lejos de Francia ni In-glaterra, donde podríamos hallar fácilmente refugio. Si el Nautilus hubiera puesto rumbo al Sur, al salir del estrecho de Gibraltar, yo compartiría su inquietud. Pero sabemos ya que el capitán Nemo no rehúye los mares civilizados. Dentro de unos días podrá actuar usted con alguna segu-ridad. Ned Land me miró con mayor fijeza aún y por fin despegó los labios. Será esta noche dijo. Di un respingo, al oírle eso. No estaba yo preparado, lo confieso, para semejante comunicación. Hubiera querido responderle, pero me faltaron las palabras. Habíamos convenido esperar una circunstancia favora-ble dijo Ned Land . Esa circunstancia ha llegado. Esta no-che estaremos a unas pocas millas de la costa española. La noche será oscura y el viento favorable. Tengo su palabra, se-ñor Aronnax, y cuento con usted. Yo continuaba callado. El canadiense se levantó y se acer-co a mí. -Esta noche a las nueve dijo . He avisado ya a Conseil. A esa hora el capitán Nemo estará encerrado en su camarote y probablemente acostado. Ni los mecánicos ni los hombres de la tripulación podrán vernos. Conseil y yo iremos a la es-calera central. Usted, señor Aronnax, permanecerá en la bi-blioteca, a dos pasos de nosotros, a la espera de mi señal. Los remos, el mástil y la vela están ya en la canoa, donde tengo ya incluso algunos víveres. Me he procurado una llave inglesa para quitar las tuercas que fijan el bote al casco del Nautílus. Todo está, pues, dispuesto. Hasta la noche. La mar está muy dura dije. Sí , es cierto, pero habrá que arriesgarse. Ése será el pre-cio de la libertad y hay que pagarlo. Vale la pena. Además, la embarcación es sólida y unas pocas millas, con el viento a nuestro favor, no serán un obstáculo de monta. ¿Quién sabe si mañana el Nautilus estará a cien millas, en alta mar? Si las circunstancias nos favorecen, entre las diez y las once