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de los nubios. De los lóbulos de sus orejas, cortadas y dilatadas, pendían huesos ensartados. Iban casi todos des-nudos. Entre ellos vi a algunas mujeres, vestidas desde las caderas hasta las rodillas con una verdadera crinolina de hierbas sostenida por un cinturón vegetal. Algunos jefes se adornaban el cuello con collares de cuentas de vidrio rojas y blancas. Casi todos estaban armados de arcos, flechas y es-cudos, y llevaban a la espalda una especie de red con las pie-dras redondeadas que con tanta destreza lanzan con sus hondas. Uno de los jefes examinaba atentamente y desde muy cer-ca al Nautilus. Debía de ser un «mado» de alto rango, pues se arropaba con un tejido de hojas de banano, dentado en sus bordes y teñido con colores muy vivos. Fácilmente hubiera podido abatir al indígena, por la esca-sa distancia a que se hallaba, pero pensé que más valía espe-rar demostraciones de hostilidad por su parte. Entre euro-peos y salvajes, conviene que sean aquellos los que repliquen y no ataquen. Mientra duró la marea baja, los indígenas merodearon por las cercanías de Nautilus, sin mostrarse excesivamente ruidosos. Les oí repetir frecuentemente la palabra assai, y, por sus gestos, comprendí que me invitaban a ir a tierra fir-me, invitación que creí deber declinar. Aquel día no se movió la canoa, con gran pesar de Ned Land que no pudo completar sus provisiones. El hábil cana-diense empleó su tiempo en la preparación de las carnes y las féculas que había llevado de la isla Gueboroar. Cuando, hacia las once de la mañana, las crestas de los arrecifes comenzaron a desaparecer bajo las aguas de la ma-rea ascendente, los salvajes volvieron a la playa, en la que su número iba acrecentándose. Probablemente estaban vinien-do de las islas vecinas o de la Papuasia propiamente dicha. Pero hasta entonces no había visto yo ni una sola piragua. No teniendo nada mejor que hacer, se me ocurrió dragar aquellas aguas, cuya limpidez dejaba ver con profusión con-chas, zoófitos y plantas pelágicas. Era, además, el último día que el Nautilus debía permanecer en aquellos parajes, si es que conseguía salir a flote con la alta marea del día si-guiente, como esperaba el capitán Nemo. Llamé, pues, a Conseil, quien me trajo una draga ligera, muy parecida a las usadas para pescar ostras. ¿Y esos salvajes? me preguntó Conseil . No me parecen muy feroces. ¿No? Pues, sin embargo, son antropófagos, muchacho. Se puede ser antropófago y buena persona respondió Conseil , como se puede ser glotón y honrado. Lo uno no excluye lo otro. -Bien, Conseil, te concedo que son honrados antropófa-gos, y que devoran honradamente a sus prisioneros. Sin em-bargo, como no me apetece nada ser devorado, ni tan siquie-ra honradamente, prefiero mantenerme alerta, ya que el comandante del Nautilus no parece tomar ninguna precau-ción. Y ahora, a trabajar.