Durante dos horas pescamos activamente, pero sin coger ninguna pieza rara. La draga sé
llenaba de orejas marinas, de arpas, de melanias, y muy en particular de algunos de los más
bellos martillos que había visto yo hasta ese día. Cogi-mos también algunas holoturias,
ostras perlíferas y una do-cena de pequeñas tortugas que reservamos para la despensa de a
bordo.
Pero en el momento en que menos me lo esperaba, puse la mano sobre una maravilla o, por
mejor decir, sobre una de-formidad natural muy difícil de hallar. Acababa Conseil de dar un
golpe de draga y de elevar su aparato cargado de di-versas conchas bastante ordinarias,
cuando, de repente, me vio hundir el brazo en la red, retirar de ella una concha, y lanzar un
grito de conquiliólogo, es decir, el grito más estri-dente que pueda producir la garganta
humana.
¿Qué le ocurre al señor?
preguntó Conseil, muy sor-prendido . ¿Le ha mordido algo?
No, muchacho, aunque sí hubiera dado con gusto un dedo por mi descubrimiento.
¿Qué descubrimiento?
Esta concha
le dije mostrándole el objeto de mi entu-siasmo.
Pero ¡si no es más que una simple oliva porfiria! Género oliva, orden de los
pectinibranquios, clase de los gasterópo-dos, familia de los moluscos.
Sí, Conseil, pero en vez de estar enrollada de derecha a izquierda, lo está de izquierda a
derecha.
-¿Es posible?
Sí, muchacho, es una concha senestrógira.
¡Una concha senestrógira!
repitió Conseil, palpitándo-le el corazón.
¡Mira su espira!
¡Ah! Puede creerme el señor si le digo que en toda mi vida he sentido una emoción
parecida dijo Conseil, a la vez que tomaba la preciosa concha con una mano temblorosa.
Y era para estar emocionado. Sabido es, en efecto, y así lo han señalado los naturalistas,
que la tendencia diestra es V