Tranquilícese, señor profesor, no hay por qué preocu-parse.
-Pero, estos indígenas son muy numerosos.
¿Cuantos ha contado?
-Tal vez un centenar.
Señor Aronnax -respondió el capitán Nemo, cuyos de-dos se habían posado nuevamente
sobre el teclado del órga-no , aunque todos los indígenas de la Papuasia se reunieran en
esta playa, nada tendría que temer de sus ataques al Nau-tilus.
Los dedos del capitán corrieron de nuevo por el teclado del instrumento, y observé que sólo
golpeaba las teclas ne-gras, lo que daba a sus melodías un color típicamente esco-cés.
Pronto olvidó mi presencia y se sumió en una ensoña-ción que no traté de disipar.
Subí a la plataforma. Había sobrevenido de golpe la noche, pues a tan baja latitud el sol se
pone rápidamente, sin cre-púsculo. Se veía ya muy confusamente el perfil de la isla
Gue-boroar, pero las numerosas fogatas que iluminaban la playa mostraban que los
indígenas no pensaban abandonarla.
Permanecí así, solo, durante varias horas. Pensaba en aquellos indígenas, ya sin temor,
ganado por la imperturba-ble confianza del capitán. Les olvidé pronto, para admirar los
esplendores de la noche tropical. Siguiendo a las estrellas zodiacales, mi pensamiento voló
a Francia, que habría de ser iluminada por aquéllas dentro de unas horas.
La luna resplandecía en medio de las constelaciones del cenit. Entonces pensé que el fiel y
complaciente satélite ha-bría de volver a este mismo lugar dos días d W7\: