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Anastasio Ovejero Bernal
con la muerte de dios, proclamada por Nietzsche en el cambio de siglo el
hombre se convirtió en la medida de todas las cosas, y la psicología en la
religión secularizada de la modernidad... La religión como garantía de verdad fue reemplazada por las nuevas ciencias, los curas como mediadores de
la verdad fueron sustituidos por los científicos... En una cultura relativista,
sin reglas fijas y fundamentales, la guía moral para la vida debe buscarse en
la psicología. La nueva psicología desempeña la tarea de la religión de proporcionar guía para la vida humana. Los curas como confesores fueron
reemplazados por los psicólogos clínicos. Cuando una economía del consumo ha sustituido a una economía de producción, la ética de trabajo protestante está siendo gradualmente reemplazada por una psicología de la
necesidad de gratificación y placer (Kvale, 1992c, págs. 53-54).
¿Cómo está influyendo todo esto en la psicología y en la psicología
social?
Ciertamente la mayoría de la psicología sigue por derroteros modernistas, pero, fuera de los labotarios ya se empiezan a levantar voces posmodernas que comenzaron con los filósofos de la ciencia, como Quine, Popper, pero sobre todo Kuhn, que fue quien lanzó el ataque más serio contra
el pensamiento fundacionalista, y Feyerabend, quien en su Against Method
ponía en duda la extendida creencia de que el conocimiento se deriva de la
aplicación sistemática de procedimientos de investigación. Con todo ello, el
fundacionalismo empieza a estar en retirada y comenzamos a entrar, como
dice Gergen (1992b), en una era postempirista: el problema del conocimiento no ha sido resuelto, incluso hay quien afirma que es insoluble. La
verdad parece ser un asunto de perspectiva, como ya hace más de ochenta
años decía nuestro Ortega y Gasset (véase Ovejero, 1998). Y es que, como
desde los años 30 vienen apuntando algunos teóricos críticos como Horkheimer y Adorno y más tarde especifica bien Habermas, las cuestiones de
valor e ideológicas son sistemáticamente transformadas por los científicos
en cuestiones técnicas. Así, los psicólogos han convertido en «hechos científicos» creencias suyas totalmente ideológicas. Un ejemplo: durante décadas los psicólogos diferenciales venían afirmando que las mujeres eran inferiores a los hombres en inteligencia y los negros a los blancos, y que todo
ello se debía a razones genetistas. La cuestión era más simple: eran sus propias creencias machistas y colonialistas, lo que les hizo «comprobarlas»
empíricamente. Y es que, en definitiva, lo empírico no está por encima de
lo moral y lo ideológico, sino al revés: lo empírico está por debajo, y a
veces incluso al servicio, de la moral y de la ideología. Y es que, como
muestra claramene Foucault, el saber es totalmente inseparable del poder,
siempre con lo retórico por medio: para entender el carácter retórico de los
«hechos científicos» hay que entender la base de su poder.
Este viraje posmoderno está afectando también a la psicología, lo que
lleva a Kvale (1992c) a hablar de una clara incompatibilidad entre psicología y posmodernismo, con este argumento: la psicología es un producto
de la modernidad que se desarrolló durante la Ilustración y que fue fundada como una ciencia a últimos del siglo xix. Por consiguiente, los tér-