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392 Anastasio Ovejero Bernal manual de F. Allport (1924), autor que había recibido una fuerte influencia conductista de Holt. Esta influencia metodológica se plasmó en la experimentación de laboratorio de corte conductista que tanto «prestigio científico» dio a la psicología social durante varias décadas, pero que luego fue la principal causa de la crisis. En todo caso, conviene señalar que esta influencia metodológica del conductismo fue enorme en la psicología social psicológica, pero mucho menor en la sociológica, de tal forma que una consecuencia de la crisis está siendo precisamente el auge de las orientaciones sociológicas con su metodología no experimental. Iniciado por Watson, el movimiento conductista, de inspiración positivista, evolucionista y hedonista, acaparó de inmediato la atención de los psicólogos norteamericanos. Posteriormente, autores como Skinner desarrollaron con gran éxito algunos de sus supuestos básicos. Sin embargo, el éxito del conductismo en términos del número de adeptos no es una sorpresa si tenemos en cuenta que las raíces filosóficas del pensamiento norteamericano se alimentan de las enseñanzas de la escuela empirista inglesa y del pragmatismo de William James. Con un gran rigor metodológico, el movimiento conductista desempeñó un papel destacado en la consolidación de la psicología como ciencia «respetable». El conductismo metodológico fue, y continúa siendo, una de las contribuciones más significativas de la psicología del siglo xx. El hincapié hecho en el rigor metodológico y la adhesión a las tesis darwinistas hicieron que los conductistas prefiriesen abiertamente la investigación con animales a la investigación con seres humanos, y tal vez por ello su influencia sobre la psicología social haya sido menor de lo que podría suponerse. En todo caso, como señala Crespo (1995, págs. 67-68), «probablemente la importancia de una psicología social conductista no estribe tanto en el desarrollo de programas sistemáticos de investigación y en la conformación de grupos o escuelas conductistas, cuanto en el reforzamiento de una concepción individualista de la psicología social». Tengamos presente, con Gergen (1996, pág. 35), que existía un alto grado de superposición entre la teoría conductista, la metodología experimental y, curiosamente, la perspectiva metateórica de los filósofos del empirismo lógico, de tal forma que estos tres cuerpos de discurso se apoyaban y sostenían mutuamente. Las exposiciones teóricas del funcionamiento humano se podían justificar recurriendo tanto a las inteligibilidades de orden metodológico como a las de carácter metateórico. Y todo ello a pesar de que el conductismo se decía ante todo positivista y que, por tanto, sólo se atenía a los hechos. Pero fueron surgiendo algunos modelos que, sin dejar totalmente de ser conductistas, ya asimilaban algunos conceptos cognitivos. Ése fue el caso de Albert Bandura (1987). Frente al conductismo clásico, que afirma que es el medio el que influye sobre el individuo, reaccionando éste de forma pasiva ante las presiones del mismo, Bandura sostiene que la conducta es el resultado de la interacción de factores ambientales, personales y comportamentales, dando ya entrada a la cognición en la explicación de la conducta. «Las teorías que niegan que los pensamientos regulan las acciones no se prestan fácilmente a explicar la conducta humana» (Bandura, 1982, pág. 24).