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388 Anastasio Ovejero Bernal Todo ello se manifiesta en una reflexividad generalizada que es, según Giddens (1993, 1995) una de las características de la modernidad: «La reflexividad de la modernidad se refiere al hecho de que la mayoría de los aspectos de la actividad social y de las relaciones materiales con la naturaleza están sometidos a revisión continua a la luz de nuevas informaciones o conocimientos» (Giddens, 1995, pág. 33). La sociología y las ciencias sociales son, según el propio Giddens (pág. 10), «elementos inherentes de la reflexividad institucional de la modernidad». Uno de los ámbitos en que se plantea esta reflexividad es justamente el de la subjetividad, el de la interconexión entre las instituciones y la personalidad, entre las influencias universalizadoras y las disposiciones personales. En ese marco es, precisamente, en el que cobra sentido la psicología social, como saber reflexivo sobre la identidad y subjetividad socialmente construidas. Más en concreto, «para algunos, las ciencias sociales surgen al hilo de una primera crisis de la idea de la modernidad. Ésta será, precisamente, una crisis de confianza en la razón como fundamento de la libertad y felicidad humanas» (Crespo, 1995, pág. 37). Esta pérdida de fe en la razón es, para Ortega, lo que caracteriza la crisis de principios H