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Modernidad y psicología social: orientaciones… 389 otra parte, con la extensión del pensamiento romántico y nacionalista, cada vez se pone más en cuestión la universalidad de la psicología humana. En este marco de preocupaciones es donde surgirá la psicología social (Crespo, 1995, págs. 38-39). Además, «si examinamos la historia de la civilización humana nos encontramos con que el hombre no actúa tanto como defensor de su interés individual sino más bien como asegurador de su posición social, de sus reivindicaciones sociales, de sus activos sociales. Valora los bienes materiales fundamentalmente como medios para este fin. La economía del hombre, en general, está supeditada a su relación social» (Polanyi, 1992, pág. 75). Sin embargo, a lo largo del siglo xix aparece el mercado y lo trastoca todo. Y lo hace además con una brusquedad enorme, produciendo profundas transformaciones. Pero, como señala Polanyi, no es una cuestión de grado sino de calidad. Se indujo una reacción en cadena y la inofensiva institución del mercado desencadenó una enorme explosión sociológica: al transformarse la mano de obra y la tierra en bienes de consumo, el hombre y la naturaleza se sometieron al mecanismo oferta-demanda-precio, lo que significó la subordinación de toda la sociedad a la institución del mercado. En lugar de ser el sistema económico quien se hallaba inmerso en las relaciones sociales, eran éstas las que se encontraban ahora inmersas en aquél. En lugar de ser los ingresos consecuencia del rango y el estatus, ahora eran el rango y el estatus los que venían determinados por los ingresos, de forma que se invierte radicalmente la relación entre «estatus» y «contractus», con lo que el matrimonio y la educación de los hijos, la organización de la ciencia y la educación, de la religión y las artes, la elección de profesión, las formas de vida, las formas de compromiso, incluso a niveles de estética de la vida cotidiana, deben estar moldeadas según las necesidades del sistema. Pues bien, todos estos cambios, drásticos y bruscos, afectaron también, como no podía ser de otra manera, a las formas de pensar y de relacionarse de los humanos, exigiendo, pues, el surgimiento de una psicología y una psicología social consecuentes con ello y que ayudara a explicar estas nuevas formas de pensar y de relacionarse. En definitiva, la psicología social surge al hilo del proceso de modernización y, por tanto, reflejará sus principales ideas y supuestos, es decir, los del Renacimiento y sobre todo los de la Ilustración, que se resumen principalmente en la razón instrumental. Y de hecho, la psicología social de todo este siglo ha estado bastante desencaminada a causa particularmente de estos dos errores ilustrados: a) creencia en el individuo como objeto fundamental de análisis, cuando de hecho el individuo aislado e independiente no existe; y b) creencia ciega en la razón, en el ser humano como un ser eminentemente racional, cuando de hecho somos más irracionales de lo que solemos creer, al menos en el sentido de que somos ante todo seres emocionales y afectivos. Pues bien, todos estos supuestos y problemas son reflejados abiertamente, como ya hemos dicho, por la psicología y la psicología social y, obviamente, por las principales orientaciones modernas que veremos en este capítulo, tanto las psicológicas (psicoanálisis, conductismo