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Anastasio Ovejero Bernal
principalmente porque tal enfoque puede proporcionarnos los fundamentos históricos de la psicología social actual. En este sentido, creo que puede
aplicársele tanto a la psicología social como a todas las demás ciencias
sociales lo que dice Jesús Ibáñez (1985, pág. 93) de la sociología cuando
afirma que esta disciplina «nace de la Revolución (burguesa), de la Revolución política que transforma la estructura de las relaciones sociales y de la
Revolución industrial, que transforma la estructura de las relaciones técnicas. Pero nace también contra la Revolución (proletaria): para acceder al
poder, la burguesía movilizó a las (otras) clases oprimidas, y una vez que
hubo accedido intentó parar su movimiento». Y si el origen de nuestra disciplina va unido a la revolución industrial, su desarrollo es inseparable del
devenir del capitalismo norteamericano a lo largo del siglo xx. La psicología social no es sino el producto de unas condiciones sociales, culturales,
económicas e históricas muy concretas.
Por otra parte, como afirma Crespo, la historia de la psicología social,
como la del resto de las ciencias sociales, va estrechamente unida a la historia de la modernidad. De ahí que a la actual crisis de la modernidad le
acompañe también una profunda crisis en la psicología social, y de ahí también que si la sociedad moderna está desapareciendo para dejar paso a una
sociedad posmoderna, también la psicología social deberá cambiar y adoptar los postulados básicos del pensamiento posmoderno, como veremos en
el capítulo XXVIII. En todo caso, parecen constatarse desde hace ya un
par de décadas un fuerte empuje dentro de la disciplina para que ésta se
abra más a la sociedad y a sus problemas, lo que a mi juicio sólo se está
notando de una forma importante en el ámbito de las aplicaciones sociales.
A pesar de ello, creo que la psicología social no cambiará mucho en los
próximos años, ya que resulta tremendamente difícil reconstruirla, pues
pesan mucho las rutinas académicas, los intereses de escuela, los intereses
de grupos dominantes, las dominancias ideológicas asociadas a esos intereses, etc. Sin embargo, mi escepticismo a este respecto no me impide ver las
grietas que, tras la crisis de la disciplina, fueron abriéndose en el edificio de
la psicología social positivista (véase Ovejero, 1993e).