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Anastasio Ovejero Bernal
fica, más allá de las desdibujadas diferencias ideológicas en el momento
presente, es la preocupación social, ampliamente extendida, por los problemas ambientales. Es en este punto en el que resulta pertinente la demanda
de contribuciones de los psicólogos que se sitúen en el punto intermedio
entre la imposición de soluciones tecnológicas y económicas y el mero
voluntarismo de muchas de las propuestas políticas. Corraliza y Gilmartín
nos muestran un buen ejemplo de la carencia de este eslabón intermedio al
referirse a las tensiones sociales que se producen cada vez que en países
desarrollados se propone la declaración de un espacio como espacio protegido. Ni los razonamientos técnicos o ecológicos ni el voluntarismo político, añaden estos autores, son suficientes para explicar las reacciones de la
misma población que, en las encuestas, manifiestan la urgencia y prioridad
de la protección del medio ambiente (véase la perspectiva de una «economía verde» en Jacobs, 1996).
El mayor agresor ambiental de nuestro tiempo: el coche
Sin embargo, y a pesar de lo dicho, curiosamente apenas hablan los psicólogos ambientales de la que tal vez es la más preocupante fuente de ataques al medio ambiente en nuestra sociedad: la utilización masiva e indiscriminada del coche. Ya en 1968 publicó Alfred Sauvy un importante
ensayo en el que llevaba ante el tribunal de la razón las sinrazones y costes
originados por la generali