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Ambiente físico y conducta social:… 347 gista. En efecto, en los años 80 la gravedad y preocupación social por los problemas medioambientales, así como los límites de las soluciones tecnológicas a los mismos, han permitido ver con claridad la pertinencia de una «psicología ambiental verde» (Pol, 1993). Así, la revisión de Sundstrom y colaboradores (1996b) ya incluye trabajos relacionados con campos que reflejan la proximidad a los problemas ambientales (el estudio de las actitudes ambientales, la gestión de espacios protegidos, la evaluación de programas de ahorro de recursos naturales, etc.). Es más, las contribuciones al VI Congreso Nacional de Psicología Ambiental que tuvo lugar en 1994 en Tenerife (véase Hernández, Martínez y Suárez, 1994) muestran la progresiva incorporación de psicólogos a la investigación e intervención en los problemas medioambientales. De ahí el enorme interés que tendría incluir aquí un análisis serio y profundo de lo que significa el ecologismo así como de sus perspectivas futuras, cosa que no podemos hacer ya que ello nos obligaría a alargar en exceso este capítulo. Baste decir que no hay un solo pensamiento ecologista, sino muchos, desde lo que podríamos denominar un ecofascismo a aquel que enlaza con el socialismo mal llamado utópico y las corrientes supervivientes del anarquismo. Pues bien, los psicólogos y los psicólogos sociales tienen muchas cosas que aportar a la solución de uno de los principales problemas que hoy día acucian a la humanidad: el problema medioambiental (contaminación, derroche y escasez de recursos fundamentales como el agua, la energía, los alimentos, etc.). Más en concreto, el agotamiento de algunos recursos naturales finitos, el impacto sobre los ciclos del agua o del aire, la pérdida de biodiversidad, la desaparición de paisajes y ecosistemas singulares, la desforestación y la desertización o problemas ambientales globales como el efecto invernadero, la lluvia ácida o la pérdida de la capa de ozono, son elementos constitutivos del escenario de la crisis ambiental actual, que no tienen un origen natural, ni tampoco dependen del azar. Son fenómenos claramente originados por el hombre y por sus formas de relación con el medio que la cultura ha ido creando a lo largo de los tiempos (Castro, 1997, pág. 39). Por consiguiente, es el hombre quien debe cambiar tanto su conducta como su relación con el medio de cara a solucionar tales problemas y en esta tarea la aportación de la psicología ambiental es realmente inestimable. En definitiva, como vemos y como señala Dunlop (1993), el hecho de que el ambiente natural sea, al menos tal y como hoy lo conocemos, el resultado de ambiciones humanas, deseos, actuaciones y actitudes significa que está en nuestras manos mejorar su situación. De hecho, ya hace unos años que se viene insistiendo en psicología ambiental en que gran parte de los problemas ambientales tienen soluciones conductuales (véase un estudio concreto reciente en Hernández y cols., 1997), lo que no sólo justifica, sino que hasta exige, la intervención del psicólogo y, más aún si cabe, la del psicólogo social (sobre la cobertura legal del psicólogo ambiental, véase Moreno, 1997). Es más, como señala Corraliza (1997), si hay algo que uni-